Ratificación del T-MEC, ¿un acuerdo ganar ganar?

11.Dic.19    Obrero Sindical
   

Los negociadores presumieron los cambios al T-MEC como un beneficio para los tres países, un “ganar-ganar-ganar”, pero ¿quién gana? Los trabajadores no.


Las delegaciones negociadoras de México, Estados Unidos y Canadá se dieron cita ayer en Palacio Nacional para firmar el protocolo modificatorio al T-MEC, con lo que se abre el camino para que el este tratado reemplace al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) vigente desde 1994.

Más allá del maquillaje que suponen los últimos cambios firmados; normas ambientales y laborales; verificación de sus estándares laborales de bienes y servicios; conviene mirar de cerca el fondo de medidas que en una lectura rápida podrían parecer benéficas para los trabajadores.

Por ejemplo, la propuesta de adendum en materia laboral que planteó Estados Unidos y que fue rechazada por el gobierno mexicano, implicaba que el primer país enviaría inspectores a supervisar el cumplimiento de la reforma laboral que se aprobó como condicionante para la aprobación del acuerdo. Los demócratas estadounidenses afirman buscar que los trabajadores mexicanos tengan garantizados sus derechos laborales así como el ejercicio democrático en la elección de líderes sindicales y libre afiliación sindical.

Esas afirmaciones tendrían que analizarse desde la óptica de la próxima coyuntura electoral en los Estados Unidos. En 2020 los demócratas disputarán la presidencia e intentaran evitar la reelección de Donald Trump quien baso su campaña de 2016 en la defensa de los empleos que los estadounidenses supuestamente perdían frente a los inmigrantes, y también frente a otras naciones beneficiadas por los tratados comerciales signados, entre ellos México y el TLCAN.

De esta forma la renegociación del Tratado de Libre Comercio pensada para ser vendida como forma de cumplir los compromisos de campaña y como futura plataforma para la reelección de Trump, también ha terminado por convertirse en plataforma para la campaña demócrata, que al presionar por las últimas modificaciones pudieron también presentarse como defensores de los derechos laborales de los trabajadores estadounidenses, e incluso de sus vecinos, pues al mismo tiempo impulsaban que en México se ciñeran a una reforma laboral que garantizara una supuesta paridad. 

Esto podría entenderse como forma de compensar el supuesto desequilibrio que supuso que a partir de los años noventa del siglo pasado se impulsara la reubicación de una buena parte de la planta industrial de los países desarrollados hacia los mal llamados países en vías de desarrollo. Que a su vez aportaban mayores seguridades de explotación a los monopolios que se encontraban con un mercado laboral barato y ademas despojado de sus libertades sindicales.

En el caso mexicano a partir de los años ochenta el panorama arrojaba; una insurgencia sindical había sido derrotada en los setenta; unos partidos y organizaciones de izquierda domesticados, inmersos en la construcción del gran partido de la socialdemocracia (PRD), unos pocos destacamentos comunistas arrinconados; al sindicalismo independiente ocupado en construir sus propios cacicazgos; y al Estado mexicano dejando de lado el populismo para apostar por el neoliberalismo.

La situación actual ha dado un vuelco, en los países desarrollados que apostaron por la globalización sobrevino una fuerte crisis, una recesión acompañada por el quiebre de numerosas empresas pequeñas y en los Estados Unidos el colapso de la burbuja inmobiliaria de 2008. Todo esto acompañado del desmantelamiento casi total del Estado bienestar, la privatización de bienes estatales y la conversión de deuda privada en publica para evitar que las ganancias durante la bonanza se convirtieran en pérdidas durante la recesión.

Las élites globales encontraron en la especulación financiera una forma de mantener el crecimiento de sus ganancias en tiempos de recesión, pero como bien sabemos, estas crisis habituales del capitalismo no duran para siempre y ahora toca recomponer los mercados y manejar el libre mercado de manera que los productores directos de bienes y servicios continúen siendo la base mediante la cual el enriquecimiento continúe dándose dentro de la economía real y no la especulativa como en tiempos de crisis.

De forma que, la reestructuración del viejo TLCAN llega a México junto al vuelco a la “izquierda” en el gobierno nacional, dicho de otro modo las bases para continuar la explotación transnacional impuesta en 1994 para beneficio de los monopolios canadienses, estadounidenses y mexicanos se dará de la mano de los supuestos progresistas, una receta ya vista con anterioridad, por ejemplo en la vieja Europa, donde una vez debilitado y luego aniquilado el enemigo comunista fueron esos progresistas, socialdemócratas y ex comunistas los encargados de poner sobre la mesa la amarga receta del desmantelamiento del Estado bienestar y la feroz privatización neoliberal, en España, Francia, Italia y Reino Unido.

El mejor ejemplo nos lo da nuestra historia. El mexicano más rico Carlos Slim lo es gracias a las políticas privatizadoras neoliberales que le permitieron adquirir Telmex en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1990); luego a partir de 1994 no paro hasta construir un grupo empresarial de alcance continental gracias al Tratado de Libre Comercio; actualmente los negocios de Slim lo tienen ya como un auténtico imperio empresarial diversificado con activos principalmente ubicados en América y Europa, y presencia en Asia.

Mientras que millones de trabajadores mexicanos que día a día laboran de sol a sol con sueldos que apenas les permiten llegar a fin de mes son la mejor prueba de que los tratados de libre comercio están pensados para dar grandes beneficios, solo que no para ellos.

Durante su conferencia de prensa desde México Chrystia Freeland, viceprimera ministra de Canadá, definió la firma de los cambios al T-MEC como un beneficio para los tres países, un “ganar-ganar-ganar”, pero ¿quién gana? Los trabajadores no.