Leyes para más drogas; más drogas para no luchar

19.Dic.20    Juventud - Opinión
   

Si bien entendemos los motivos principales por los cuales las y los jóvenes proletarios consumen drogas, que son concretamente sociales, no podemos justificar su consumo. Es nuestro deber señalar que escapar de la realidad no nos llevará a nada, pues es justo lo que nuestros explotadores desean. (…)


Con la aparente legalización de la producción, venta, posesión y consumo recreativo de la marihuana, los sectores más “progresistas” de la burguesía y la pequeña burguesía han promovido la idea de que esto es un avance hacia el “progreso social”, un “avance” que, desde luego, le sirve a la socialdemocracia para colocarse en el altar de la “izquierda” burguesa. Desgraciadamente, estos oportunistas no son los únicos que aplauden la medida. De manera desafortunada, muchos movimientos sociales y activistas honrados comparten esta visión y celebran que el actual gobierno esté llevando a cabo semejante medida. Si bien como comunistas nuestra postura no es la de una condena moral hacia el consumo de drogas, no podemos dejar de señalar los nefastos efectos que una medida como esta traerá para la clase trabajadora y, particularmente, para la juventud trabajadora.

 

En primer lugar, hemos de advertir cuáles son las condiciones principales bajo las cuales la clase trabajadora y los sectores populares consumen drogas. Por un lado, es de amplio conocimiento que muchísimas trabajadoras y trabajadores consumen diversos tipos de estupefacientes para aguantar el inhumano esfuerzo y estrés a los que se ven sometidos en el trabajo. Bebidas energéticas, pastillas, cocaína o marihuana son tan solo algunas de las sustancias utilizadas para hacer soportables las extenuantes jornadas de trabajo, que con frecuencia implican trabajar doble o hasta triple turno.

 

Por otro lado, las drogas, de cualquier tipo, representan el placer inmediato que le es negado a trabajadoras y trabajadores en su propio trabajo. El trabajo, bajo el capitalismo, es en la mayoría de las veces una permanente fuente de estrés, cansancio, hartazgo, enojo, frustración, tristeza, dolor, etc. ¿Qué mejor para aliviar la mente y el cuerpo de los desgastes producidos por jornadas de 10 horas diarias, seis días a la semana, que una dosis de nuestra sustancia preferida? ¿qué mejor que olvidarnos por un momento de los problemas y el sufrimiento propios de nuestra condición de clase? ¿qué mejor que sentir que descansamos, aunque sea solo debido a que llenamos nuestros cuerpos de sustancias extrañas? Lo mismo podríamos decir respecto a la educación. La educación, bajo el capitalismo, es la forma de hacer dóciles nuestros cuerpos y nuestras mentes a la explotación que nos espera una vez que salimos al mundo capitalista a encontrar trabajo. Ya desde que estudiamos nos vemos obligados a someternos a un desgaste físico, psicológico y emocional constantes. Y, en los dos sentidos ya mencionados, las drogas aparecen como las salvadoras para alejarnos de nuestra desgraciada situación como clase proletaria.

 

Si bien entendemos los motivos principales por los cuales las y los jóvenes proletarios consumen drogas, que son concretamente sociales, no podemos justificar su consumo. Es nuestro deber señalar que escapar de la realidad no nos llevará a nada, pues es justo lo que nuestros explotadores desean. ¡Ni mejores sueldos ni mejores condiciones de trabajo ni atención psicológica gratuita a nuestra disposición! ¡Lo que quieren es mantenernos embrutecidos, aletargados, fáciles de explotar, incapaces de reaccionar para luchar contra la explotación!

 

Los medios de comunicación burgueses no dejan de hacernos creer todos los días que la esperanza está perdida, que el mundo se encuentra en el inevitable colapso. Por un lado, nos informan de los terribles problemas de la destrucción del medio ambiente, de las guerras, de la violencia contra las mujeres, de la precarización laboral, de la violencia contra los pueblos originarios, de los crímenes contra luchadoras y luchadores sociales. Y, por otro, nos presentan soluciones individualistas, reformistas, que no trastocan ni tocan un pelo siquiera a la base económica de la sociedad. Es bajo esa misma lógica que la socialdemocracia presenta esta iniciativa que, de entrada, a quienes beneficia realmente son a los monopolios y no a la clase trabajadora o a la juventud.

 

Esta ley contempla que sean los monopolios quienes se encarguen de la producción, distribución y venta de la marihuana, y es a ellos a quienes el Estado brinda todas las facilidades para poder llevar a cabo sus operaciones. Pero ni hablar de que se proteja a los consumidores, ya que sobre ellos aun caerá todo el peso del Estado burgués mediante durísimas sanciones y restricciones. Incluso bajo su lógica “progresista” e individualista, el Estado burgués es hipócrita, ya que, por un lado, se envuelve bajo la consigna de “libertad” del individuo (que en realidad no es libre porque, como hemos dicho, su adicción a las drogas está determinada por las condiciones sociales del capitalismo y casi nunca a una cuestión voluntaria), coronada ahora con la “legalización del consumo” de la marihuana, pero por el otro sigue criminalizando a los consumidores.

 

Los comunistas ni lo uno ni lo otro. Ni nos entusiasmamos con que se “legalice el consumo” (dicho más apropiadamente, que se legalice plenamente la producción de marihuana y se entregue ésta a los cárteles y otros monopolios de la industria capitalista del crimen) ni mucho menos criminalizamos a sus consumidores porque, como hemos dicho anteriormente, las causas del consumo de marihuana y otras drogas en el capitalismo, por parte de la clase trabajadora y la juventud, son sociales. Lejos de criminalizar, los jóvenes comunistas estamos en la entera disposición de acompañar a la juventud proletaria y de los sectores populares a superar el consumo de drogas.

 

A diferencia de otras tendencias que se mueven dentro de ese concepto tan difuso que hoy conocemos como “izquierda”, nosotros no percibimos esta ley como una “extensión de la libertad del individuo”. Todo lo contrario, la encontramos como una nueva forma de perpetuar la opresión de las masas. Lejos de resignarnos a aceptar el papel que las drogas, entre ellas la marihuana, juegan para aliviar temporalmente el dolor que el capitalismo causa entre la clase trabajadora, sobre todo la más joven, los comunistas apostamos a propiciar entre nuestra clase otras alternativas para lidiar con ese sufrimiento, mejores formas de esparcimiento donde los jóvenes puedan descargar sanamente el constante estrés al que el capitalismo los somete. No solo eso, sino que vinculamos ese acercamiento con la juventud con nuestra principal tarea: hacerle ver que ese dolor no es eterno y que puede acabarse de raíz si se lo propone, organizándose para luchar por el derrocamiento del capitalismo y la construcción del Socialismo-Comunismo. Si delegamos esta tarea a las drogas, si decimos “como no podemos acabar con el dolor de nuestra clase, hay que dejar que recurra a las drogas”, estaríamos abandonando a su suerte a la clase trabajadora, estaríamos renunciando a nuestro compromiso con la juventud proletaria, lo que sería una actitud propia de fariseos, pero no de jóvenes comunistas que aspiran a ser cuadros de nuestro Partido.

 

Ningún cambio radical, que es justo lo que necesitamos, vendrá de la academia, ni de las ONG’s, ni de celebridades, ni mucho menos del Estado o la propia burguesía, por más progresistas, multicolores, incluyentes y amigables que se pinten. Nadie de ellos busca seriamente acabar con las bases de explotación que sostienen la sociedad y que la condenan al colapso, pues les beneficia de una u otra forma. La esperanza existe, pero no en las propuestas burguesas y pequeñoburguesas, sino en nuestra lucha organizada como clase, como clase trabajadora, en alianza con todas y todos quienes se encuentran oprimidos por el capital. Y esta lucha exige el mayor de los compromisos, la mejor de las organizaciones, la más grande de las voluntades.

 

Aislados, como ahora nos tienen, no hay nada que podamos hacer; pero unidos y golpeando como uno solo, podemos lograrlo todo. Pero para esto, necesitamos estar en nuestros cinco sentidos, necesitamos de toda nuestra inteligencia, de toda nuestra capacidad. Y, las drogas, sean las que sean, son enemigas de esto. Son enemigas de la conciencia, son enemigas de la disciplina, son enemigas de la organización. Emprender esta lucha implica llevar a cabo una lucha contra todos los vicios que arrastramos por el simple hecho de haber nacido en una sociedad capitalista, incluido el consumo de drogas; lucha que debemos llevar a toda la juventud de nuestra clase en lugar de ofrecerle placebos que no hacen sino retrasar nuestra meta, como hace la socialdemocracia.