La precariedad universitaria ante la impartición de las clases en línea.

   

Dura realidad de la docencia en México


Entre los días 16 y 20 de marzo las instituciones educativas anunciaron el cierre de instalaciones ante la contingencia provocada por el COVID-19, así como la suspensión paulatina de clases con el propósito de mantener la seguridad de la comunidad universitaria. Semanas después el grueso de los centros de estudio decidió implementar clases en línea sin la debida planeación o incluso de manera arbitraria. 

Bajo las premisas de temporalidad y seguridad los centros educativos declararon que el período escolar 2020-1 (enero-junio) concluirá de manera virtual. Mucho se ha hablado sobre las ventajas de esta modalidad, entre ellas el ahorro de tiempo y dinero por no desplazarse largas distancias o la facilidad de acceso a las plataformas desde la comodidad del hogar, entre otras.

Todas estas buenas intenciones se ven rebasadas ante la realidad del estudiantado en un contexto donde el 64.2% de los hogares en el país no tiene aparatos de cómputo y el 69.3% no tiene conexión a internet. (IFT, 2018). Bajo el manto de la meritocracia la idea de que el éxito personal está vinculado al uso de la tecnología, excluye a más de la mitad del cuerpo estudiantil de la posibilidad de terminar en tiempo y forma los períodos académicos, mismo hecho provoca que concluir los estudios se convierta en un acentuado privilegio de clase. 

Cabe mencionar que antes de haberse declarado la cuarentena varios planteles educativos se encontraban en paro o toma de actividades por demandas estudiantiles o sindicales, por lo que la impartición de clases en línea fue la mejor maniobra de las instituciones para desmantelar la lucha de las y los compañeros e ignorar descaradamente sus demandas. 

Debido a la premura con la que se comenzó a gestionar la modalidad en línea, hasta ahora ninguna universidad ha proporcionado una plataforma única y segura para el desarrollo de las clases, mucho menos han rendido cuentas entorno a los perfiles de aquellos que no tienen computadora o internet en casa y en el mejor de los escenarios se les ha recomendado dar de baja el período, hecho perjudicial ya que de hacerlo afectaría su regularidad académica y con ello la posibilidad de acceder a una beca, entre muchas otras oportunidades académicas y profesionales por no concluir la carrera en tiempo y forma. 

Lo que implica que el tiempo de la juventud sería desechado, pues el hablar de un semestre más es hablar de un semestre más de solvencia económica que para muchos es ya de por si complicada. Otro escenario bastante común entorno a las plataformas, consiste en que los profesores al no tener vías óptimas dejan trabajos que necesariamente deben desarrollarse con cursos especializados y quienes no tengan los ingresos suficientes para poder pagarlos no acreditarán la materia. 

En muchas unidades académicas las carreras son necesariamente presenciales, pues son carreras técnicas que requieren práctica pues no es suficiente la teoría para su desarrollo profesional. Como lo es el caso de ciencias de la salud, las carreras artísticas- culturales y las ciencias exactas físico matemáticas. Es imposible tratar de establecer formas de evaluación bajo conocimientos únicamente teóricos de las materias cursadas en el semestre.

La cuarentena ha resaltado las contradicciones clasistas que han dificultado las actividades de los hijos de los trabajadores y de los comerciantes, pues además de ser los más precarios, también son más vulnerables a contraer la enfermedad, pues sus familias se ven en la necesidad de continuar sus actividades pese a la pandemia para llevar el pan a su mesa. Muchos de estos perfiles son parte de los estudiantes foráneos, que migran del campo a la ciudad y sus condiciones son aún más precarias, pues dependen de comedores subsidiados o de apoyos para poder mantenerse en la ciudad y una vez que vuelven a sus hogares la situación no mejora pues no cuentan con acceso a internet ni mucho menos a servicios básicos. 

Asimismo, no sólo las y los estudiantes somos los perjudicados con esta modalidad arbitraria, sino también los docentes que tuvieron que planificar en pocos días la impartición de clases, conseguir plataformas y mantener contacto con los alumnos. El personal docente fue notificado y amenazado, pues de decidir no dar clases en línea, la universidad no renovará sus contratos, muchos docentes obtienen la renovación de contrato anualmente o por semestre. Cabe mencionar que esta forma de contratación es abusiva, pues no les permite crear antigüedad y por ende no poseen derechos laborales que les den seguridad y estabilidad laboral. 

Finalmente, debe considerarse que las instituciones decidieron impartir clases sin capacitación previa a de docentes, sin plataformas centrales que regulen clases o actividades y sin consideración de las y los alumnos que no tienen el material logístico para mantener esta improvisada modalidad en línea. 

Villafranco G (2014), Educación en línea: ¿el futuro de la especialización?, Revista Forbes, México.