Capitalismo: fábrica de ilusiones al servicio de la burguesía

   

Las ilusiones del capitalismo son muchas y pretenden ser a prueba de error.


 

“Así es la vida, y no puedo negarlo.

Muchas veces pensé en renunciar, nena,

pero mi corazón no lo aceptaría.

Pero si nada emocionante aparece cuando llegue julio,

voy a enrollarme hasta formar una gran bola

y morir.”

 

Frank Sinatra, That’s Life (1966)

 

  

 

 

El capitalismo genera enormes recursos ideológicos y culturales para obstruir una conducta revolucionaria que le sea antagónica y contribuya a desmantelar la neblina que dispone sobre las diversas relaciones sociales que se entretejen en la sociedad. Para lograr lo anterior no se para sobre hombros de gigantes, como el marxismo-leninismo, sino sobre un ejército de seres anónimos e ilustres que a través del entretenimiento, la academia o la política sin cesar le producen válvulas de escape.

 

No deja de sorprender la potencia que dichas salidas falsas alcanzan en la sociedad actual. En Estados Unidos, por ejemplo, se publicitó que uno de los más recientes debates entre los precandidatos del Partido Demócrata alcanzó el interés de veinte millones de personas. Allá la figura de Bernie Sanders, Senador por el estado de Vermont y dirigente de los “socialistas democráticos”, se viene construyendo como una que inhiba el filo anti-sistema a la inconformidad “causada por Donald Trump”.

 

Y lo que parece firme en realidad no lo es en toda la extensión de la palabra. Bertold Brecht escribía: el agua, con el paso del tiempo, penetra la firme roca. ¿Entiendes? Lo duro es derrotado. Y en base a la necesidad de los capitalistas por hacerse de condiciones óptimas para el establecimiento de medidas a su favor cada vez más ilimitadas y de relaciones de dominación que logren aparecer ante los explotados como renovadas relaciones democráticas y humanas, las ilusiones se multiplican al infinito.

 

No es una casualidad que se pongan en juego viejas ideas útiles a la burguesía: el comunismo es similar al fascismo, la humanidad toda debe oponerse al totalitarismo, etc. O bien fórmulas que son contradictorias entre sí, pero se complementan para negar la lucha de clases: los problemas sociales ocurren por la existencia de la corrupción, la falta de una administración transparente de cara al pueblo o la inexistencia de una ética acorde con la necesidad de redistribuir la riqueza. En medio de un catecismo liberal, socialdemócrata o fascista se afirma que los problemas sociales se deben al antagonismo entre los géneros, los teóricos de la economía política o entre la bondad o la maldad.

 

Y en esa fina tela arácnida de viuda negra quedan atrapadas capas de los sectores populares que con intuición y complejidades pretenden hacer frente a los conflictos de la sociedad capitalista. En medio de ello, se estimula el egoísmo más incontenible, el individualismo como único eje de decisión y consideración, la ideología de la colaboración de clases cada vez más refinada y vigorosa, y planteamientos políticos que en germen alientan soluciones cada vez más criminales y reaccionarias.

 

Entre la clase trabajadora, las ilusiones que pretenden determinar nuestro lugar inmediato en la lucha de clases se alimentan por todos los medios al alcance. Como si el capitalismo se tratara de un gran casino, se inocula la concepción de que sólo es necesario saber jugar las reglas del juego, realizar cálculos fríos y meticulosos, esforzarse para servir en toda disyuntiva al patrón individual o colectivo, así como hacer a un lado toda solidaridad y organización entre trabajadores. ¡No te desvíes de tus sueños!

 

Y la socialdemocracia, en el caso de los gestores que hoy protagonizan la administración de las sociedades modernas en buena parte de América Latina, como a través de AMLO sucede en México, es una magnífica herramienta para estos mismos fines. A través de una demagogia reforzada, de la ilusión de que las palabras cambian por sí solas las cosas cuando éstas son representadas a conveniencia; o bien a través de exprimir el gremialismo, romper la independencia de clase o corromper a los obreros.

 

El capitalismo ilusiona. En los prolegómenos de una nueva crisis económica de sobre producción de mercancías no puede sino insuflar todas las ideologías, estereotipos, nociones y cosmogonías que en última instancia contribuyan a los fines más empecinadamente acariciados por los monopolios que dominan los países del globo. Y en medio de esa disyuntiva se entiende que la gran burguesía norteamericana esté obligada a poner cuerpo a ese mito construido para sí: el socialismo democrático.

 

¡Ya ese socialismo-democrático no podrá evitar develarse sino como otra careta de la barbarie!

 

Las ilusiones del capitalismo son muchas y pretenden ser a prueba de error. En todo caso depositan en aquellos y aquellas que se suscriban a ellas en sus distintas presentaciones la última responsabilidad. La ilusión del éxito individual en el capitalismo, de la potencia del emprendurismo, del progreso en base a la colaboración de clases, de la corrupción personal llevada hasta sus últimas consecuencias, del espíritu esquirol como cultura común, aparecen representados como infalibles, tal cual sucede con las decenas de programas para recuperarse de las adicciones y dependencias: ¡si fallas es simplemente a causa de tí mismo!

 

El capitalismo, con toda su producción y miscelánea de ilusiones, no puede ofrecer sino la ruina moral, ideológica y cultural a la clase obrera y los sectores populares. Las ilusiones falsas que el capitalismo enarbola no pueden tener otra consecuencia que la depresión a gran escala, el alcoholismo y la amplia gama de conductas dependientes, la impotencia personal, la más reiterada pasividad, el suicidio, la locura y el asesinato. Más allá de ello no nos llevarán las bellas palabras del capital.

 

Es en el socialismo-comunismo donde las ilusiones y los sueños, en armonía con las batallas sórdidas que se llevan a cabo entre las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad, existen como  única alternativa a la auto-destrucción personal, al desencanto y depresión provocadas por el engaño de la industria capitalista de las ilusiones y las aspiraciones. El destino que Frank Sinatra ofrecía edulcorado con su bella voz, el del suicidio, tiene como única alternativa la ruptura multifacética anti-capitalista.