Autobiografía de un paliacate

Diego Torres
22.Dic.12 :: Biblioteca virtual

Buen día, yo soy el paliacate. Al igual que para la mayoría de ustedes mi temprana infancia me resulta borrosa, ya no se diga mi nacimiento.

Según cuenta un francés de nombre J.H. Bernardine de Saint Pierre, por ahí de 1788, yo vengo de la ciudad de Paliacat, en la India en la región de Cachemira a 35 km. Al norte de Madrás. El francés me picó con su versión cuando mostró registros de importación de la Nao de China donde aparecen “pañuelos de Paliacat”. Me preparé para ir allá a ver si encontraba algún amigo o alguien que me reconociera, pero esa misteriosa ciudad desapareció hace ya algún tiempo.

Cuando me vieron desesperar, unos compas me dijeron que no me preocupara, que soy una creación indígena de México. Mi nombre dicen, viene del náhuatl “pal” y “yácatl”, que significa “para la naríz”. Que me inventaron como pañuelo para secarse la frente y la nariz mientras se trabajaba en la milpa. Esto me puso a pensar ya que mis primeros recuerdos son los de acompañar en el cuello y en la frente a los campesinos humildes mestizos e indígenas a finales de la colonia.



Los compas concluyeron que de todos modos o era de los indios o de la India, así que quedé contento con eso.

Cuando comencé a tener plena conciencia fue durante la independencia. El cura Morelos me usó en su frente al igual que muchos de los esclavos y plebeyos que se rebelaron, por ahí se me debieron pegar las ideas.

Después cuando México perdió gran parte de su territorio por la codicia de oro yanqui, quedé en la frente de los mexicanos que perdieron patria y tierra, a los que empezaron a llamarles con desprecio “cholos”.

Cuando los franceses vinieron por la otra mitad del país yo me encontraba pegado todo el tiempo a los valientes chinacos.
Después me enlisté en la revolución, servía sosteniendo un brazo fracturado un día, haciendo un torniquete otro. Serví en la revolución desde los tiempos de Zapata hasta los de Jaramillo.

Conforme se industrializó nuestro país y el capitalismo despojaba a los campesinos emigré a la ciudad con los proletarios. Ahí conocí la fábrica y también las organizaciones clandestinas.

Cuando vino la noche maldita del neoliberalismo y la contrarrevolución me usaron en los pueblos levantados para proteger identidades, no por miedo de los insurgentes sino por la seguridad de sus familiares. Desde hace poco he ayudado a proteger contra los gases lacrimógenos a los millares de mexicanos que luchan.

Ahora que esta noche va clareando, que tengo bordados siglos de explotación, que acumulo océanos de sangre y sudor, que llevo impregnada la tinta de innumerables combates me pondré al servicio de la rebelión nacional anticapitalista.