El Comunista

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Kandinsky o el pequeño arte del pequeño mundo burgués

Daniel Orizaga :: 09.02.19

Kandinsky, podríamos decir parafraseando a Lenin, pinta para proporcionar su “genio” a unos pocos, negando completamente el mundo obrero del tiempo que le tocó vivir.

La exposición de Vasili Kandinsky alojada actualmente en el Museo del Palacio de Bellas Artes es un ejemplo de las limitaciones conceptuales que tienen los administradores de los espacios culturales públicos en México. Para ellos, el arte deber ser defendido como un conjunto de objetos preciosos, como reliquias sublimes que están fuera de la historia real, de la lucha de clases.

En el breve recorrido se presentan alrededor de sesenta obras, entre óleos, grabados, acuarelas, xilografías, libros, apuntes y reconstrucciones. No encontramos ninguna pieza especialmente significativa de la carrera del personaje, y la manera en la que han sido presentados algunos cuadros es francamente descuidada. Los textos que acompañan a las obras son vagos, pero aportan al espectador algunos datos para que identifique la posición espiritualista de Kandinsky, aunque no la explica. Dividida en cinco secciones, la muestra centra su atención en el periodo de la Bauhaus al exhibir los apuntes originales de sus clases, tal vez el material más interesante de todos.

Es notorio que ésta, la primera exposición individual de Kandisky (Moscú, 1866- Neuilly-sur-Seine, 1944), tenga una curaduría tan deficiente. Ya el artista ruso había tenido presencia en nuestro país, por primera vez, junto a Klee, Jawlensky y Feininger, del grupo Los Cuatro Azules.

Fue Diego Rivera, en aquel noviembre de 1931, quien impulsó el evento. Entonces lo presentó como “la expresión plástica del genio, la vitalidad y la aspiración de organización de todo el mundo que se llama Rusia”. Finalmente el muralista mexicano se equivocó. Las obras tardías de Kandinsky, presentadas en esta ocasión, así lo demuestran.

El artista ruso, erróneamente llamado “padre de la abstracción” es presentado como un liberador de los lenguajes pictóricos, partiendo de la recuperación del folklore ruso, de marcado carácter religioso, hacia el impresionismo, el geometrismo y posteriormente a las formas biológicas. Pero es por sus ideas pictóricas en Punto y línea sobre el plano o De lo espiritual en el arte que es más recordado entre los coleccionistas. Su aristocracismo y sus erróneas ideas sobre la libertad del artista son el soporte de su actividad, y sin sus textos teóricos resultarían incomprensibles. Aún así, la propia base ideológica está equivocada.

Lenin reconocía que la “asimilación crítica de la herencia burguesa” era necesaria para despertar la conciencia, como un instrumento en la lucha del proletariado que a la larga debe engendrar una cultura superior a la burguesa. Pero con Kandinsky esta herencia resultaría una negación absoluta de los valores proletarios. Kandinsky, podríamos decir parafraseando a Lenin, pinta para proporcionar su “genio” a unos pocos, negando completamente el mundo obrero del tiempo que le tocó vivir.

Su concepción del arte, en cambio, remite a un misticismo reciclado, a la búsqueda de un falso purismo de las líneas, las formas y los colores, ajeno al materialismo dialéctico que guiaba ya la nueva concepción de la cultura tras la Revolución Bolchevique triunfante. Mientras que Vanguardia rusa: el vértigo del futuro de 2016, en el mismo espacio, fue una presentación de las tensiones sociales y de las exploraciones artísticas en los primeros años de la construcción del socialismo en la URSS, esta exposición se limita a ser un muestrario estilístico de un artista cuya obra se va desvaneciendo en el experimentalismo de una concepción cerrada, estática y anti-histórica propia de una burguesía arrojada a la banalidad de mirarse el propio ombligo.


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