Esculpir picando piedra

Paulina Chávez

Hay ataduras económicas y sociales que el capitalismo anuda a los hombros de la mujer obrera, que le impiden visualizar las importantísimas aportaciones con las que puede nutrir la lucha política de su clase por el socialismo.



Máximo Gorki ilustraba ya en su gran obra “La Madre” algunas de las vivencias cotidianas que padecen las madres de la clase obrera. El ideal de mujer revolucionaria y combatiente, con boina y fusil al hombro, con la frente en alto y el corazón entregado al pueblo es el resultado final de todo un proceso que debe atravesar la mujer de nuestra clase, un proceso complicado y lleno de barreras que en ocasiones son difíciles de notar por ojos ajenos. Ataduras económicas y sociales que el capitalismo anuda a los hombros de la mujer obrera, que le impiden visualizar las importantísimas aportaciones con las que puede nutrir la lucha política de su clase por el socialismo. Un ejemplo es el caso de Claudia.

Hace poco más de un año, Claudia se interesó en temas relacionados con la lucha revolucionaria. Su inquietud por las vejaciones en el centro de trabajo la llevó a estrechar lazos con los comunistas y concluir en la necesidad de crear un sindicato.

Ella labora en el turno matutino de una empresa del ramo electrónico, reconocida en el sector privado y por el Estado como uno de los corporativos que mayor crecimiento y ganancias han generado para la industria en los últimos años; ahí se fabrica de todo, desde lámparas hasta tarjetas electrónicas para videojuegos, celulares o computadoras.

Claudia es obrera y su función dentro de la línea de producción la obliga a estar de pie la mayor parte del tiempo, llega a su casa agotada y gana $200 diarios, con ese salario ella paga el alquiler de su casa y mantiene a sus cuatro hijos, Claudia es madre soltera, estudia la preparatoria abierta en línea y reparte su tiempo entre el trabajo, el estudio y la atención a sus hijos adolescentes. Ella cuenta que es difícil hacerlo sola, sin embargo “no debemos dejar que abusen de nosotros”.

Claudia parece tímida al principio, pero con su franqueza y sus palabras sencillas demuestra el sentir de todo obrero consiente que comienza a luchar, ella lo tiene claro, sabe que su empresa la explota, que con su salario no puede dejar algo para sus hijos y que ella con sus compañeros son quienes deben exigir mejores condiciones.

Dentro de la fábrica no existe todavía ningún movimiento, las demandas económicas son muy esporádicas y para ella es como si la gran mayoría de sus compañeros tuvieran una venda en los ojos, dice que hay poca solidaridad y empatía, pero también destellan unos pocos elementos que pueden involucrarse en la creación de su propio sindicato.

Claudia recientemente sabe que la concientización de los compañeros para lograr el arribo de la lucha sindical es una tarea de la que ella debe formar parte, que con el apoyo de nuestro Partido debe orientar las inquietudes entre los trabajadores e identificar a quienes se muestran solidarios para comentar y difundir, primero sutilmente, la necesidad de emprender una lucha decidida por mejores condiciones, utilizando la figura del sindicato. Ella reconoce que quienes van a formar el sindicato deben formarse ellos mismos también, y trabaja en ello.

Mujeres como Claudia son quienes fortalecen nuestra organización, mujeres que conocen y hacen suyo el objetivo de nuestra lucha contra el capitalismo, que independientemente de su nivel académico, son conscientes de las condiciones actuales e identifican fácilmente al principal enemigo, mujeres a las que sólo falta dar un impulso y las herramientas necesarias para que sean vanguardia destacada de nuestra clase.