Roma, Cuarón y la pugna entre monopolios.

Guillermo Delgado

El director de cine mexicano, Alfonso Cuarón, manifestó su “decepción” por la penosa cantidad de salas que exhibirían en México “Roma”, su más reciente largometraje, ¿por qué los monopolios de la distribución cinematográfica en México se negaron a difundirla?…



El director de cine mexicano, Alfonso Cuarón, manifestó su “decepción” por la penosa cantidad de salas que exhibirían en México “Roma”, su más reciente largometraje, ¿por qué los monopolios de la distribución cinematográfica en México se negaron a difundirla? No se trata de una cuestión en contra del director o de la película, lo que hay detrás del rechazo a su difusión es una pugna entre los monopolios del entretenimiento.

Esta no es la primera vez que los monopolios de la proyección en México -llámese Cinépolis o Cinemex- se niegan a difundir una película, en este caso es importante puntualizar que se trata de una cinta rodada, producida, actuada y dirigida en territorio nacional, pero lo más importante es develar dos cuestiones medulares para quienes hacen posible y contra corriente en un doble esfuerzo titánico el cine en México: sus trabajadores, es decir, los auxiliares, actores, animadores y modeladores 3D, gaffers, camarógrafos, fotógrafos, maquillistas, entre los muchos quienes laboran por un salario en la industria.

El tibio lamento expresado en diferentes medios de comunicación por el también director de Gravity, quien además cuenta con la proyección y los canales para hacerse escuchar, no es más que la penosa realidad que sufren cientos de proyectos cinematográficos en nuestro país. Hoy lo que prevalece y causa “controversia” es la pugna económica entre las empresas de la proyección en México y los nuevos jugadores del mercado de los largometrajes en su modalidad de streaming, en donde el más conocido es Netflix, en este contexto la lucha se recrudece y quienes pagan son los trabajadores y el público.
La motivación de esa batalla, como es usual, son las ganancias, que en este particular caso, no sólo invisibiliza el trabajo de todas las personas involucradas en la producción de Roma, además niega, por la naturaleza abusiva que caracteriza a los monopolios, el acceso a la cultura a través del cine. Ya no por sus estratosféricos costos conocidos por todos y a los que la clase trabajadora pocas veces puede darse el lujo de acceder, sino por su tajante negativa a proyectar la película a no ser que su competidor Netflix, cediera y modificara sus fechas de estreno para beneficiar las entradas al cine en un periodo más largo.

Tábata Vilar Villa, directora de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine), institución patronal, insistió en llamar a su intento de boicot al proyecto, como “protección de la ventana”, el modelo de distribución tradicional de todo largometraje, antes de pasar a sus modalidades de distribución personalizada, también monopolizada por un par de plataformas digitales, asegurando que su “postura no la tenemos que discutir, está súper clara. Este tema de ‘Roma’, no es un tema económico sino de defender la ventana teathrical, quizá la gente no lo ve así, pero es sentar un precedente”.
Por otra parte, Netflix y los nuevos jugadores no son diferentes en su fundamento, si bien ha ayudado a ver diferentes proyectos su realización en una estrategia de lo “alternativo”, sólo son distintos a lo acostumbrado y promovido por la industria del cine dominante, su esencia es la misma: la explotación del trabajo socializado para adjudicarse las ganancias de forma particular, buscando la concentración de poder y manipulación de la legalidad a su favor, desarrollando marcos normativos idóneos para su desarrollo, rápida asimilación, como veloz dominio del mercado, lo que conlleva a la imposición de condiciones de competencia imposibles de sostener para los proyectos independientes y de corte socializado. Es decir, nuevos formatos de proyección, mismos problemas de base.

Si bien la legislación burguesa nacional asegura “promover” las proyecciones hechas en México por decreto del 10% de 100 cada año, “obligando” a las empresas de proyección a asegurar cierta presencia de dichos proyectos en el mercado mexicano, esto en la realidad no es más que letra muerta.
Detrás de la interpretación de las leyes, los monopolios exprimen al máximo su modelo de negocio basado en la menor inversión de proyectos conocidos por ellos como “de riesgo”, apostando su grueso de inversión a los blockbusters que inundan las salas de norte a sur, películas que no aportan al espectador, en la mayoría de los casos, más allá del entretenimiento vacuo y simplón, que muchas veces se trata inclusive de notables proyecciones panfletarias de la noción capitalista como vía del desarrollo, el más claro ejemplo es cualquier película bélica norteamericana.

Roma ha sido premiada en el Festival de Cine de Toronto y el Festival Internacional de Cine de Bydgoszcz, Polonia o el Festival Internacional de Venecia; sin dejar de mencionar que ya compite por las nominaciones junto con 87 películas para en el próximo y conocido certamen norteamericano del Oscar por Mejor Película Extrajera, además versa sobre un tema íntimo, tocando fibras políticamente olvidadas por un sin fin de producciones nacionales. Pero, pese a que el propio director lamentó la poca difusión que su cinta tendría en salas comerciales no aclaró que era parte del contrato que había firmado con Netflix, la casa productora de la película.

Hoy queda en manos de los trabajadores de la industria del cine así como de los espectadores, poder dilucidar las diferencias y similitudes de las pugnas monopólicas que tergiversan las motivaciones de las empresas que pretenden hacer nuestras sus luchas económicas y de poder, que sólo arrastran al desempleo y la precariedad del trabajo.

Es preciso entender que no sólo se trata de una sencilla elección de preferencia entre monopolios o formatos, sino una pugna que arrastra entre sus bajas los empleos de miles y las opciones recreativas como de desarrollo cultural de millones.