El Comunista


08M: las mujeres, la huelga y la clase

Martha Aguilar y Héctor Maravillo :: 07.03.18

Para poder entender el carácter del 08 de marzo hay que comenzar por definir su origen de clase: el 08 de marzo salió de la clase trabajadora, como emblema de las necesidades y consignas de las mujeres proletarias. El 08 de marzo se define como Día Internacional de la Mujer Trabajadora a partir de la lucha de las obreras por mejores condiciones laborales, mejores salarios, así como la reducción de la jornada laboral. Es poco después de la segunda mitad del siglo XX, cuando se comienza a mutilar el nombre designado para tal día y comienza a desdibujarse su carácter de clase, dejando el histórico nombre de “Día Internacional de la Mujer Trabajadora” en un parco “Día Internacional de la Mujer”. Y si no bastara con echar por la borda el nombre, también se echa por la borda la historia, pues ella entraña la lucha de las comunistas entorno a las que se agrupaba el movimiento internacional de las mujeres. Esto esclarece cómo una sola palabra puede borrar el carácter económico y político de la lucha de las mujeres.

Este es el marco en el que hoy en día, en medio de las crisis y el recrudecimiento de las medidas antipopulares y antiobreras, tenemos que luchar. Sin embargo, el desdibujar el carácter de clase de esta fecha histórica y su origen, puede llevarnos a plantear como opción callejones sin salida. Tal es el caso de la huelga feminista.

Primero que nada, reflexionemos sobre lo que es una huelga. Para ello no vale hacer malabares discursivos con la definición del diccionario o de la Constitución. Debemos ir a la aplastante realidad material. Vemos ahí que hay huelgas de hecho, con cientos de personas parando el trabajo, aunque la ley las declare como “inexistentes”. Y otras tantas huelgas de papel, que se nombran como tal y no son más que un paro de estudiantes o una falta al trabajo.
Como comunistas entendemos que la fuerza material de una huelga deriva de la capacidad de detener el trabajo. Es evidente que si una persona, o un grupo de personas, faltan al trabajo, pero son sustituidos por alguien más de la empresa no podría distinguirse, en la práctica, de una falta colectiva por una epidemia, o un despido masivo. Cualquiera de estas acciones puede provocar debates acalorados en el comedor de la empresa, pero no pasará de ahí. No será una acción de lucha, a lo más una acción de propaganda. Justamente esta característica del trabajo (no sólo dejar de trabajar, sino impedir que el trabajo mismo se realice) es lo que históricamente ha llevado a combates verdaderos en contra de los esquiroles que quieren romper las huelgas.

El segundo elemento que defendemos como comunistas, es el carácter colectivo de una huelga; es decir, que se decida y acate colectivamente. En el momento en que el principio de organización colectiva es roto por el pensamiento individualista, se acabó la fuerza. No faltará quien se acobarde, se desespere y quiera romper la huelga volviendo a trabajar y acabando así con el esfuerzo colectivo. Aún más, justamente la patronal lleva años intentando eliminar los derechos colectivos de asociación, convertir la relación laboral en una relación mercantil individual. Contra eso advertimos los enormes riesgos de introducir la idea de la huelga como un acto meramente individual, que le cae como anillo al dedo a las intenciones de la patronal de atomizar a la clase obrera.

Es una tradición comunista decir las cosas de frente, sin necesidad de matizarlas para resultar agradables. Y en este tema tenemos que decir algo claro. En los últimos años se acentúa la tendencia del “feminismo liberal” de plantear las problemáticas de la mujer, desde un discurso interclasista, siguiendo una agenda pública en la que terminan coincidiendo las diferentes versiones de la izquierda burguesa. Cuando resulta que en la huelga feminista del 8M, están llamadas a integrarse tanto la trabajadora subcontratada de una empresa de telemarketing junto con Susana Díaz la Secretaria General del PSOE en Andalucía, es que algo malo está ocurriendo. Cuando a las trabajadoras se nos pide luchar codo con codo con nuestras explotadoras, lo que en realidad ocurre es que terminamos a la cola de su política; es decir, la política de quienes nos explotan. ¿Qué dirían aquellas mujeres que en 1910 en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas establecieron el 8 de Marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora para luchar por la emancipación de la mujer?

La respuesta está dada desde principios del siglo XX, cuando en el marco de la I Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas que se celebró en Stuttgart el 17 de agosto de 1907, menciona Clara Zetkin sobre el derecho al voto: “(…) no puede producirse una lucha unitaria de todo el sexo femenino y mucho menos cuando no se trata de un principio vacío, sino de un contenido concreto, vital, como el del sufragio universal femenino. No podemos exigirles a las mujeres burguesas que vayan más allá de su propia naturaleza. Las proletarias no deben contar, por tanto, con el apoyo de las mujeres burguesas en la lucha por sus derechos civiles; las contradicciones de clase impiden que las proletarias puedan aliarse con el movimiento feminista burgués. Con ello no queremos decir que deban rechazar a las feministas burguesas si éstas, en la lucha por el sufragio universal femenino, se pusieran a su lado y bajo su dirección para combatir en diversos frentes al enemigo común. Pero las proletarias deben ser perfectamente conscientes de que el derecho de voto no puede ser conquistado mediante una lucha del sexo femenino sin discriminaciones de clase contra el sexo masculino, sino sólo con la lucha de clase de todos los explotados, sin discriminación de sexo, contra todos los explotadores, también sin ninguna discriminación de sexo. (…)”

Que nadie se llame a engaño, lo planteamientos interclasistas no son sino un intento por diluir la lucha del 08 de marzo. Estos planteamientos nos muestran la huelga fuera de contexto y contenido, sin potencia política o económica, y la convierten en un arma de juguete. Es un timo creer que es genuino que aquellas que no comparten nuestras preocupaciones, que no sufren el desempleo o nunca han tenido un bajo salario, quieran sumarse a dicha acción.

Lo anterior se agrava aún más cuando hablamos de una huelga que no se efectúa dentro de un centro de trabajo; es decir, cuando se llama a huelga a las mujeres que no perciben un salario. Es evidente que, bajo el capitalismo, ni el estudio y ni el trabajo doméstico no remunerado son considerados trabajos (ni lo serán mientras este sistema impere), aunque en la realidad lo sean. Por lo tanto, cabe pensar en combinar una huelga real en los centros de trabajo con paros de esas actividades (estudios y trabajo doméstico no remunerado) como parte de la misma jornada. Pero lo que sí debe considerarse una burla ante nuestra inteligencia, es querer hablar de una “huelga de consumo”. El ayuno voluntario de cuaresma es algo que hay que dejar a los fanáticos religiosos. Un boicot específico a algún producto tiene sentido en luchas muy concretas; sin embargo, lo que sostiene el sistema económico es la producción y no el consumo.

Todo lo anterior no quiere decir que las huelgas sean ineficaces o que carezcan de valor. La huelga es un instrumento potentísimo cuando nace de la voluntad colectiva, cuando se detienen los engranes en las fábricas, cuando se paraliza por completo el centro de trabajo, cuando de manera organizada y colectiva diferentes sectores paran totalmente. Entonces, ¡claro que hay que usar la huelga como instrumento de lucha, pero hay que tener la precisión para usarla de la forma en que realmente muestre la fuerza que tenemos quienes trabajamos! ¡Claro que hay que usar la huelga para luchar por nuestros cada vez más vilipendiados y macerados derechos laborales! ¡Claro que hay que usar la huelga y usar todas las herramientas de lucha que sean necesarias para alcanzar conquistas y luchar contra la explotación! ¡Claro que hay que usar la huelga! Pero hay que ser claros, una huelga que no sea encabezada por la clase obrera, y nutrida por ella, jamás será victoriosa ni alcanzará conquistas reales.

Esto nos plantea la necesidad urgente de organizarnos bajo la experiencia histórica que nos antecede: que alcemos las consignas de nuestra clase, y no de quienes nos explotan, que concretemos acciones contundentes, que luchemos. Estos caminos no se pueden trazar de manera certera cuando nos agrupamos en torno al género sin considerar que no es lo mismo ser una mujer burguesa que una mujer proletaria; pues, aunque los discursos actuales del feminismo burgués se agrupan entorno al género, señalamos que las condiciones de opresión de las mujeres están marcadas por la clase a la que pertenece. El asunto es fácil: la mujer proletaria se pone de parte del proletariado y la mujer burguesa de parte de la burguesía; y a la burguesía le calza muy bien que las mujeres proletarias se pongan a la cola de consignas vacuas que se vuelven un grito a la pared. En ese sentido, entendemos que la lucha por los derechos pregonados por el feminismo burgués oculta que para la clase obrera y el proletariado están negados la mayoría de los derechos; por tanto, es menester de las mujeres proletarias la búsqueda de la transformación de las condiciones sociales y de vida oprimentes que sustenta el capitalismo. Hay que virar ese barco. Las consignas interclasistas del feminismo burgués no hacen sino señalar falsos enemigos que desvían la atención y neutralizan el poder de nuestra clase. Las mujeres proletarias tenemos en nuestras manos un inmenso poder si nos organizamos, si trazamos nuestras propias rutas hacia nuestra emancipación de la mano de nuestra clase.


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