Del cese del fuego en Colombia a la paz, deseada pero lejana

Miguel Urbano Rodríguez

PaLa firma en La Habana el día 23 de Junio de los Acuerdos de Cesar Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo , de Dejación de las Armas, y el de Garantías de Seguridad y Combate al Paramilitarismo por las FARC-EP y el Gobierno de Juan Manuel Santos fue recibida con entusiasmo por el pueblo colombiano y con satisfacción por la mayoría de la humanidad.



Sin embargo sería una ingenuidad concluir que el fin del conflicto armado ha traído a la patria de Marulanda la paz social y política.

Los discursos pronunciados en la capital cubana, la presencia de los jefes de estado y altas personalidades allí reunidos y la atmósfera de la gran jornada tienden a generar esperanzas románticas.

Además del comandante Timoleón Jiménez, jefe del Estado Mayor Central de las FARC-EP y del presidente Juan Manuel Santos comparecieron en el acto el secretario general de la ONU, los presidentes del consejo de seguridad y de la Asamblea general de la organización, los presidentes de Cuba, México, Chile, Venezuela, El Salvador, Republica Dominicana y representantes de los gobiernos de Estados Unidos, de la Unión Europea y Noruega, etc.

Comparto la alegría por el fin de una guerra iniciada hace más de 60 años en la cual perecieron centenas de miles de colombianos, la mayoría campesinos, guerra que devastó al país e hizo más profunda la enorme desigualdad social.

Pero ese sentimiento de júbilo coincide con una preocupación profunda, inseparable de la certeza de que grandes problemas que llevaron a las FARC-EP a optar por la lucha armada no constan de los Acuerdos de la Habana.

LA EPOPEYA FARIANA

Las FARC-EP son una de las organizaciones revolucionarias

que enmarcaron más mi vida.

Construí con algunos de sus dirigentes amistades importantes.

Admiraba hace mucho la guerrilla de Marulanda y había escrito mucho sobre su saga cuando conocí en La Habana el comandante Rodrigo Granda, al tiempo llamado como Ricardo Gonzalez. Entre nosotros surgió una inmediata empatía que pronto dio lugar a una amistad .Residíamos entonces los dos en La Habana y aprendí mucho con él en charlas que entraban por la madrugada. Me ayudó a caminar por la historia profunda de Colombia y a comprender el significado terrible del paramilitarismo.

Debo a Granda la invitación de las FARC-EP para ser recibido como camarada en el campamento del comandante Raúl Reyes, en el Caquetá, y la oportunidad de acompañar en la zona de despeje las negociaciones de paz con el gobierno de Pastrana. Asistí incluso en La Macarena a un acontecimiento inolvidable: la liberación unilateral de 242 soldados y policías capturados en combate por las FARC-EP. Conocí en ese día después de la ceremonia militar al comandante en jefe Marulanda (que me concedió una entrevista que publiqué en Avante!) y, entre otros, los comandantes Jorge Briceño, Joaquín Gómez y Simón Trinidad, todos blanco de la admiración y cortesía de los embajadores occidentales que participaban en la solemnidad.

No se esperaba en eses días que el presidente Misael Pastrana, cediendo a presiones de los EEUU, del alto mando del ejército y de la oligarquía colombiana, encaminara las negociaciones de

Los Pozos para un impase, prólogo de la ocupación de la zona desmilitarizada y de sucesivas ofensivas en el marco de los Planes Colombia y Patriota.

Escribí y publiqué en diferentes países de Europa y América Latina textos sobre mi experiencia personal en el campamento de las FARC –EP. No es sin emoción que recuerdo hoy el convivio fraterno con los hombres y mujeres de la guerrilla.

Mantuve posteriormente contacto permanente, vía Internet, con el comandante Raúl Reyes, hasta la trágica jornada en que lo asesinaron con docenas de camaradas, durante el bombardeo de Sucumbio ,en Ecuador, concebido por Juan Manuel Santos, al tiempo ministro de Defensa de Álvaro Uribe Vélez. No olvidé que Reyes semanas antes, me invitara a revisitarlo en algún lugar de la amazonia colombiana.

Reencontré muchas veces a Rodrigo Granda. La última en Caracas en 2004, en vísperas de su prisión por agentes de Uribe con la complicidad de policías venezolanos. Mi admiración por él había, subrayo, aumentado de año para año. Veía en él un revolucionario comunista, ejemplar por la coherencia, el carácter, la formación teórica marxista, la disponibilidad total para la lucha. A pedido de su abogado he sido uno de los testigos de defensa, mediante carta que envié, cuando, encarcelado en Colombia le instauraron un proceso, poco antes de su liberación por influencia del presidente Sarkozy de Francia.

Fue con alegría que recibí la noticia de su inmediato regreso a la lucha y su posterior inclusión en la Delegación de Paz de las FARC.

Cuando responsable por las relaciones exteriores de la organización era conocido por su talento diplomático como el canciller de las FARC.

¿Por qué recuerdo hoy el amigo y el revolucionario?

Precisamente porque en estas semanas en que se celebra la firma de los Acuerdos que pusieron fin a las hostilidades en Colombia me pregunto, aprensivo, lo que pensarán de la llamada «reconciliación» Rodrigo y otros amigos, los comandantes Alberto y Juan Antonio, y ¿cuál sería la posición del historiador Herrera Torres y del Comandante Demetrio, ambos amigos queridos ya fallecidos?

PREOCUPACIONES

Registro que aprobé desde su inicio los Diálogos de Paz de La Habana. Al sentarse en la mesa de negociaciones las FARC-EP dieron expresión al profundo deseo de paz del pueblo colombiano. Fue justamente esa aspiración cada vez más generalizada e intensa que forzó presidentes como Belisario Betancourt y Pastrana Borrero a abrir negociaciones con las FARC-EP con el objetivo de poner un término al conflicto armado. El Estado Mayor Central de las FARC habría negado su pasado y la ideología revolucionaria de su organización si no hubiera respondido favorablemente a Juan Manuel Santos cuando este en un viraje inesperado estableció los contactos que han conducido en Oslo a los entendimientos preliminares que tuvieron continuidad en los Diálogos de Paz de La Habana y la elaboración de una Agenda ambiciosa.

Acompañé desde Portugal el avance del proceso de paz y los esfuerzos para torpedearlo del alto mando de las Fuerzas Armadas, los terratenientes que controlan la agricultura, los barones del narcotráfico , multimillonarios de la gran industria y, claro, el imperialismo estadounidense pese a las ambigüedades de su posición ante el conflicto.

Las tremendas dificultades a superar en las negociaciones de interlocutores tan antagónicos como las FARC-EP y el gobierno de Santos quedaron transparentes en la continuación de la guerra mientras se discutía la paz y se mantenía el financiamiento del Plan Colombia y la entrega de armas sofisticadas al ejército y la fuerza aérea, así como el la complicidad de influentes generales en los crímenes del paramilitarismo, matanzas frecuentes de campesinos. La Justicia incluso reconoció la responsabilidad directa de los militares en el escándalo de los falsos positivos.

Sin embargo, pese a las campañas de la prensa y la televisión contra la paz y de la represión permanente al abrigo de la llamada Ley de Seguridad Democrática, la Agenda aprobada avanzó aunque lentamente.

Las FARC-EP han conseguido la aprobación en La Habana en la discusión de puntos fundamentales muchas reivindicaciones suyas. Eso ocurrió em los debates sobres la cuestión de la tierra, la participación política, las minorías discriminadas, los millones de desplazados, la degradación del ambiente, la reforma de la justicia, las reparaciones a las víctimas de la guerra, la erradicación del tráfico de drogas, etc.

Durante el debate de esos y otros temas las FARC obtuvieron del gobierno concesiones que en muchos casos superaron lo esperado.

¿Por qué entonces la profunda preocupación que me invadió al tomar conocimiento de los documentos firmados en La Habana?

Dediqué horas a leerlos y estudiarlos.

La naturaleza del régimen no es puesta en causa .Las FARC-EP no podían obviamente exigir el fin del capitalismo, objetivo de su programa revolucionario. La relación de fuerzas existente no permitía incluir el tema en la Agenda.

Pero no es esa omisión que me inquieta.

El Acuerdo sobre el “cesar el Fuego” y la dejación de las armas

determina que en un plazo de 180 días el armamento de las FARC –EP sea entregue a comisiones fiscalizadoras indicadas por la ONU y la CELAC.

Decisión inquietante por múltiples motivos.

El compañero Narciso Isa Conde, en un artículo publicado el 24 de junio en la Republica Dominicana, afirma que esa decisión

«equivale a desarme total y unilateral del ejército popular más potente de Colombia y de Nuestra América a cambio de garantías de seguridad enmarcadas en un sistema sumamente hostil»(…)

No coincido a veces con opiniones del autor, pero en este caso comparto plenamente la aprehensión que manifiesta en lo que concierne al desarme de las FARC-EP y la insuficiencia de garantías relativas al compromiso oficial de combate al paramilitarismo.

Escribió Marx que la Historia no se repite de la misma manera.

Las circunstancias en Colombia son hoy diferentes de las existentes en 1985, pero es imposible olvidar el genocidio de la Unión Patriótica

Es sencillamente alarmante que el comandante militar de una región del Valle del Cauca, en el mismo día en que eran firmados los Acuerdos de La Habana, en una entrevista a una radio haya declarado que su ideología es la de Carlos Castaño.

Es útil recordar que el fundador y primer jefe de los bandos paramilitares fue un asesino responsable por monstruosos crímenes contra la humanidad. Pese a esto era íntimo de ministros y generales.

Que yo sepa, el gobierno de Santos no se pronunció sobre las inadmisibles afirmaciones del oficial admirador de Carlos Castaño.

Los Acuerdes preliminares de la Habana son también omisos relativamente a la permanencia de ocho bases militares de los EE.UU. en territorio colombiano y a las relaciones especiales que el gobierno de Bogotá mantiene con el Estado neofascista de Israel, cuya policía secreta, la Mossad, actúa en Colombia como en casa propia.

Las FARC-EP tuvieron que renunciar a la reivindicación de una Asamblea Constituyente y de aceptar un referendo para aprobar el Acuerdo Final.

Esa y otras cadencias han sido no solo comprensibles como prácticamente inevitables. En los Diálogos de Paz, las FARC-EP

negociaron en una época de reflujo histórico .El imperialismo había retomado la ofensiva en América Latina y actuaba agresivamente en el Medio Oriente, en Ucrania y en Asia Oriental.

La Delegación fariana enfrentó a los representantes del Gobierno de Santos consciente de que la relación de fuerzas le era muy desfavorable. En un breve espacio de tiempo las FARC-EP perdieron dirigentes fundamentales. Raúl Reyes había sido asesinado en Ecuador, Jorge Briceño (el estratego militar) y Alfonso Cano habían perecido en combate. Manuel Marulanda, el héroe de perfil homérico, había muerto en su campamento.

Mi solidaridad permanente e irrestricta con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo no me impide, antes me impone el deber de manifestar aprehensión hacia el futuro inmediato.

Algunos párrafos del Acuerdo de Cesar el Fuego y el contenido de mensajes al ejército no me parecen también compatibles con la ideología de la organización revolucionaria.

Me es difícil imaginar qué tipo de «reconciliación» palabra ahora muy utilizada- será posible, en un contexto en que la clase dominante no oculta su fidelidad al neoliberalismo y a la íntima alianza con los Estados Unidos.

Mi preocupación es la de un comunista portugués que hizo suya la lucha heroica de las FARC-EP.

Vila Nova de Gaia,1 Julio de 2016