Yemen: Campo de batalla del imperialismo

Área Internacional del PCM

Yemen “La política imperialista no está ejercida solamente por los países capitalistas que están en la cima sino además por los de otros niveles, incluso por los que tienen fuertes dependencias de las potencias mayores, como potencias regionales y locales.” La aproximación leninista del KKE sobre el Imperialismo y la pirámide imperialista.



Al escribir este artículo, Arabia Saudita y sus aliados han bombardeado Yemen durante más de tres meses en lo que han llamado “Operación Tormenta Decisiva”. Empezaron el 25 de marzo, el mismo día que el presidente Abd Rabbuh Mansur al-Hadi huyó por mar y estableció su gobierno en el exilio en Riyadh, la capital saudí, donde espera su restauración en una mansión para invitados de la nobleza reinante.

Hadi era presidente del gobierno de transición establecido después de que la Primavera Árabe derrocó al Presidente Ali Abdullah Saleh en 2012. Hadi acabó a cargo del gobierno de transición después de ser por mucho tiempo el vicepresidente al servicio de Saleh y pactó con el imperialismo yanqui y Saudita para subir al poder, así que poco cambió en Yemen durante su gobierno hasta que el depuesto Saleh se alió con la tribu norteña de los houthis (pronunciado júdi), a la cual de hecho él mismo había combatido durante su mandato, y puso a la estructura del Estado y las divisiones del Ejército yemení todavía leales a él a su disposición para organizar la marcha al sur, que tomó rápidamente la capital, Sana, y avanzó hasta justo antes de llegar a Adén, la otrora capital del extinto Yemen del Sur.

El New York Times dice que la intervención saudí “internacionalizó” el conflicto, pero este siempre tuvo una dimensión internacional o, mejor dicho, interimperialista: las milicias houthis y el depuesto Saleh contaron desde el inicio con el apoyo de Irán, mientras que Hadi ha sido de antaño un aliado de la Casa de Saúd y del imperialismo norteamericano, al cual le permitió permanecer en Yemen y librar su guerra informal (a base de operaciones paramilitares de la CIA y ataques con drones) contra Al-Qaeda en Yemen, la rama más mortífera, eficiente y temida de dicha red terrorista.

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Es imposible entender la guerra actual en Yemen si no se entiende la dinámica de las rivalidades interimperialistas en Medio Oriente, la cual confirma una y otra vez las tesis del Partido Comunista de México sobre la Interdependencia y la Pirámide Imperialista. Las dos principales potencias en Medio Oriente (en términos económicos, militares y de influencia política) son Arabia Saudita e Irán. Arabia Saudita es la líder de facto del Concejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (también conocido simplemente como el Concejo de Cooperación del Golfo o CCG), el cual es una alianza imperialista entre las monarquías árabes sunitas del Golfo Pérsico, que son las administradoras comunes de los intereses conjuntos de los monopolios petroleros de la región.

No debe confundirse la superestructura política con la base económica: las monarquías saudías, qataríes, bahreníes y de los Emiratos Árabes Unidos están plenamente integradas en el sistema capitalista mundial, exportan capital y defienden sus intereses económicos con armas de ser necesario. Esto se debe a que ocupan una posición intermedia en el sistema imperialista global, que podemos visualizar como una pirámide, con los países más ricos y poderosos arriba y los más pobres abajo, que sostienen relaciones no de dependencia sino de interdependencia (pues las potencias necesitan de sus satélites tanto como estos de aquellos) que corren en uno y otro sentido.

La República Islámica de Irán tampoco es una alternativa anticapitalista: el discurso oficial se posiciona como “antiimperialista” pero el gobierno actual nació a partir de que la jerarquía religiosa islámica shiíta tomara control de la Revolución de 1979 y le diera un carácter reaccionario y teocrático. Este régimen que se dice amigo de los pueblos del mundo ha tenido desde el principio una profunda orientación anticomunista y es responsable del asesinato de miles de socialistas y comunistas en la década de los ochenta (el número exacto sigue en disputa, pero podría ascender a las decenas de miles). La economía de Irán es capitalista y su Estado, por más islámico que se diga, responde a los intereses de sus monopolios domésticos. Gran parte de su actividad económica proviene de empresas públicas, pero el Estado sigue en manos de la burguesía conservadora, jamás en las de los obreros.

Ambas potencias imperialistas (su imperialismo es regional, mas no por eso deja de ser imperialismo) libran una sangrienta batalla a lo largo y ancho del Medio Oriente. Irán, junto a su aliada la Rusia imperialista, apoyan al Estado sirio que responde a Bashar Al-Assad, quien es miembro de la secta Alawita del shiísmo. La relación entre el Islam shiíta “normal” propugnado por Teherán y la secta de Al-Assad son tenues: la identidad religiosa y sectaria es sobre todo un mecanismo superestructural e ideológico para facilitar la explotación y la intervención imperialista en distintos países. Del mismo modo, los países del CCG financiaron a grupos armados de corte islamista (fanáticos salafistas y wahabistas, las sectas sunitas predilectas de las monarquías) que supieron enlazarse con la mayoría sunita en Siria y fueron mucho más efectivas para combatir al Estado que el disperso Ejército Libre Sirio formado por las potencias occidentales, al grado que lograron infiltrarlo y apropiárselo.

La ayuda monárquica a la rebelión en Siria es solo la aplicación del modelo de insurrección islámica que funcionó en Libia para derrocar el gobierno de Gaddaffi. En esa ocasión se contó con el pleno apoyo y aplauso de Occidente. Sin embargo, cuando muchos de los cuadros político-militares salafistas formados por las monarquías (en esos momentos el principal responsable era Qatar) aprovecharon la inestabilidad desatada sobre el norte de África para lanzarse a la conquista del norte de Malí (aprovechando el viejo reclamo independentista del pueblo Tuareg, que lo llama Azawad), los aplausos se detuvieron y el ejército Francés intervino en ese país (abiertamente se dijo que era para defender las minas de oro y uranio) y demostró una vez más el verdadero carácter imperialista de un Estado europeo administrado por el partido “socialista.”

Algo similar fue sucediendo en Siria, donde los imperialismos del CCG y la OTAN permitieron y veladamente impulsaron el crecimiento de grupos jihadistas hasta que comenzaron a unificarse alrededor de la bandera del Estado Islámico, nombre de la rama de Al-Qaeda en Irak después de que esta se rebelara contra el mando central de la red terrorista. A diferencia de su organización madre, el EI se enfocó en conquistar y mantener territorios para así implementar la ley islámica (sharía) en ellos, mientras que Al-Qaeda tradicionalmente se enfoca en llevar a cabo ataques terroristas desde sus bases de operaciones. La aparición del Estado Islámico y la facilidad con la que entró en Irak y tomó Mosul, la segunda ciudad más grande del país, alertó al mundo y fue la oportunidad perfecta para que Irán avanzara en la lucha interimperialista: cuadros político-militares de la Guardia Republicana organizaron milicias shiítas en Irak para combatir al EI. Estas fuerzas han sido las más efectivas en el frente iraquí, incluso más que los bombardeos yanquis. Por supuesto, a nadie se le escapa que el territorio que liberen las Hashid Shaabi será en los hechos controlado por Irán.

Es en este contexto, siempre cambiante, que se da la marcha de los houthis y de Saleh sobre Sana y la intervención militar de Arabia Saudita. Sin él no podemos comprender el estado actual de la rivalidad saudita-iraní ni el momento de retroceso que vive el CCG respecto al catastrófico resultado de su política en Siria y el avance de Irán en Irak, el cual ha llevado a que Irán establezca un puesto de avanzada prácticamente en su patio trasero. Hay muchos otros frentes de esta rivalidad que atender (Líbano, Palestina, habría que profundizar sobre la situación en Irak, el trabajo inmigrante en el Golfo Pérsico y el papel de Israel), pero de momento es imperativo que regresemos la atención al caso yemení, pues en el seno de sus contradicciones aparece, aunque sea aún distante, un brillo de esperanza y memoria de aquellos tiempos cuando los pueblos trabajaban en conjunto para encontrar y construir un mundo mejor.

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ONG’s y asociaciones de derechos humanos culpan al bombardeo y al bloqueo marítimo impuesto por Arabia Saudita de causar una crisis humanitaria en dicho país que según la ONU tiende cada vez más hacia condiciones de hambruna. Hay bajas civiles masivas a causa de los bombardeos (La Organización Mundial de la Salud estima que 2,800 personas han muerto desde marzo), terror generalizado, escasez de agua y combustible. Esto impide que funcionen las ambulancias y hace que se dispare el precio de los alimentos, lo cual se agrava con el bloqueo pues Yemen importa el 90% de su comida. Se han reportado brotes de malaria y dengue entre los más de 150,000 civiles desplazados.

Los Estados Unidos son cómplices de esta guerra: sus manos están manchadas de sangre al ser los principales proveedores de armamento al ejército saudita y enviar consejeros a ayudar a la ofensiva. No hay que olvidar que el imperialismo yanqui tiene bases militares y marítimas en todos los países del Golfo Pérsico excepto Irán. En Bahréin está la base de la Quinta Flota de la Armada estadunidense, quizá por eso los tanques de guerra Saudíes marcharon sobre ese país en 2011 y aplastaron la Primavera Árabe.

Los houthis son seguidores de la secta zaidí del Islam shiíta, el cual defiende y promueve Irán, pero su afinidad con la política de Teherán nace más que nada de una ambición común por dominar el territorio yemení. No son ningunos luchadores por la libertad: se les ha señalado como perpetradores de repetidas atrocidades contra el pueblo de Yemen (el asedio de Adén y bombardeo de barrios residenciales), todo con el fin de apropiarse de los recursos naturales de la nación y asegurar su posición estratégica en términos geopolíticos (esto por su cercanía con África, las monarquías del Golfo Pérsico y las rutas de comercio de petróleo que pasan por ahí). El bando houthi es una coalición heterogénea de grupos armados, dentro de la cual hay una facción islamista y una facción moderada (esta última integrada en gran medida por unidades del Ejército leales a Saleh). Por su postura cada vez menos cercana a la campaña saudita, parece que los Estados Unidos quizá aliste un pacto a futuro con estas facciones moderadas para debilitar la influencia iraní en el país. Esta solución no ayudaría al pueblo yemení dado que no reta las estructuras capitalistas de explotación ni la dinámica perversa del imperialismo, así como tampoco las retaría una victoria por parte de Saleh y los houthis. La única salida al ciclo perpetuo de guerra imperialista es la organización seria de la respuesta popular, el Poder en manos del pueblo.

La Resolución 2216 del Consejo de Seguridad de la ONU exige que los houthis se retiren inmediatamente de todas las ciudades tomadas y entreguen las armas. Hadi y los sauditas exigen que se cumpla, pero es una imposibilidad militar a estas alturas. Arabia Saudita no logró una victoria rápida y ahora le apuesta a las sanciones económicas para infligir sufrimiento en las masas yemeníes hasta que se levanten en rebelión contra la alianza Saleh-houthi. Es la misma táctica que se usó durante los noventa contra Saddam Hussein en Irak, donde no funcionó y solo tuvo un enorme costo en términos humanos. También es la vieja lógica del embargo comercial a Cuba.
La campaña de bombardeos por parte de Arabia Saudita no ha logrado desplazar a las fuerzas Saleh-houthi. Es un fracaso análogo a cómo el mismísimo imperialismo yanqui ha bombardeado y bombardeado las posiciones del Estado Islámico en Irak y en Siria durante meses sin mermar sus fuerzas considerablemente ni desplazarlo. Ahora hasta el EI ha comenzado a adjudicarse responsabilidad por ataques terroristas en la capital de Yemen, Sana. Es probable que este para-estado terrorista hijo del imperialismo aproveche el conflicto para establecer una rama en la península arábica, así como aprovechó la guerra civil en Libia para asentarse en ese país y tomar la ciudad de Derna.

Ningún lado se toma en serio los diálogos de paz (de los que van tres rondas ya) y envían a sus líderes secundarios, sin poder de decisión, negativa a negociar a priori. Queda claro que ninguno de los dos imperialismos en pugna tiene ningún interés en construir la paz: sus antagonismos regionales exigen que haya guerra en Yemen y en todo el Medio Oriente si es preciso. La dinámica de la destrucción de capital y la rapiña de los recursos naturales no puede detenerse por sí misma. No quiere parar y no podría si lo quisiera.

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Ante todo recordar que este proceso ya se había descrito:

“Se está aumentando el número de los estados satélites de potencias imperialistas fuertes, países capitalistas regionales que juegan un papel particular en la política de alianzas y de afiliación de una u otra potencia de la pirámide. Las contradicciones interimperialistas están en vigor en cada forma de alianza y todas estas relaciones multifacéticas que abarcan todos los países capitalistas del mundo sin excepción, constituyen la pirámide imperialista.”

.-La aproximación leninista del KKE sobre el Imperialismo y la pirámide imperialista.

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A estas alturas del conflicto muchos yemeníes buscan respuestas a sus problemas en la historia de su pueblo y revisan la experiencia de la República Democrática Popular de Yemen (conocida también como Yemen del Sur) que durante veinte años construyó el socialismo y el poder popular en la península arábica. Este gobierno del pueblo en Yemen llevó la educación pública, científica y gratuita a las masas que jamás, ni antes ni después, la conocieron. También expropió los edificios construidos por el imperialismo británico y construyó complejos departamentales modernos de adobe y barro (únicos en el mundo) para combatir la escasez de vivienda en su país. El Yemen socialista mantuvo buenas relaciones diplomáticas con la Unión Soviética y con Cuba, que colaboraron para enviar solidaridad internacionalista en forma de técnicos, médicos, asesores y maestros, que elevaron significativamente la calidad de vida de los yemeníes. La RDPY sostuvo relaciones amistosas con los países socialistas y soberanos del mundo, al grado de incluso ayudar la insurrección popular en el vecino país de Omán.

La observación no es estéril: varios grupos armados sureños reivindican a la RDPY y utilizan su bandera para luchar contra los houthis y los demás aliados de Saleh. El tiempo dirá si su reivindicación y nostalgia socialista es seria y son capaces de articular un programa político con orientación popular. Es importante notar que a Hadi lo apoyan principalmente Arabia Saudita y distintas unidades del Ejército: no tiene bases de apoyo entre las masas ya que es un funcionario sureño que se alió con el Norte en la guerra civil de 1994 (la base de la oposición a los norteños houthis está en el sur). Asimismo, difícilmente recuperará el afecto de su pueblo después de que él y sus ministros pidieran a Arabia Saudita el bombardeo que su gente está sufriendo.
Desde antes del levantamiento houthi, el pueblo de Yemen enfrentaba una situación de escasez de agua y un conflicto armado informal entre diversas facciones por el control del país. La debilidad del Estado yemení (incluso durante su gobierno de 33 años, Saleh era conocido como el “alcalde de Sana”, ya que su poder efectivo no se extendía mucho más allá de la capital) sería un escenario perfecto para el ascenso revolucionario de las masas si existiera una vanguardia revolucionaria consciente y preparada. Desgraciadamente, ninguno Partido Comunista esté en posición de aprovechar las contradicciones interimperialistas en beneficio del pueblo yemení en estos momentos. Los que sí han sabido aprovecharla han sido los sanguinarios reaccionarios del Estado Islámico en todo Medio Oriente (y hasta en el norte de África), así como los revisionistas del PKK en Rojava, donde malgastan su oportunidad y sus fuerzas en implementar un programa sin perspectiva revolucionaria y que termina por serle funcional al imperialismo Europeo-Yanqui.

A pesar de los triunfos del socialismo yemení, los estragos de una guerra civil entre las tendencias revolucionaria y conciliadora (con los Estados reaccionarios del Yemen del Norte y Omán) en la década de los ochenta en la que la facción derechista triunfó, así como, se especula, el temor a una agresión imperialista tras la caída del bloque socialista, llevaron a que en 1990 Yemen del Sur se unificara con su vecino del norte, lo que significó en la práctica su absorción y el fin del socialismo yemení. El acaparamiento de la riqueza y del poder político por parte de los capitalistas experimentados del Norte llevó al país a una guerra civil en 1994, que terminó con la derrota del sur.

Aunque nació de la unión de los diferentes movimientos independentistas de izquierda y gobernó un Estado socialista durante 20 años, el Partido Socialista de Yemen en la actualidad es un partido pacifista, cuya línea exclusivamente parlamentaria se ha vuelto estrepitosamente obsoleta frente a la cruenta realidad de la guerra imperialista. Solo la organización popular y la respuesta de clase armada puede frenar la violencia desatada por la ambición de los distintos bloques imperialistas y expulsarlos del territorio yemení, para así reconstruir el sueño de una verdadera República Popular, donde las masas explotadas controlen sus recursos naturales y decidan su destino, libres de las inútiles taras del islamismo, el imperialismo, el regionalismo y todos los demás odios que dividen a los pueblos y no les permiten unirse contra el verdadero enemigo, el patrón, el rico, el codicioso burgués que por defender sus privilegios los mantiene subyugados y los lanza a la guerra.