Los pueblos Turcos. En la aventura del Hombre

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Conocí Estambul cuando me iniciaba en el oficio de escribir. Volví ahora, transcurridas casi seis décadas.
Fue un extraño reencuentro.
La ciudad, cuando la descubrí, tenía un millón de habitantes; hoy tiene más de 15 millones y es una de las mayores megalópolis del planeta. En 1953 camellos perezosos aún deambulaban por callejuelas enlodadas; hoy el aeropuerto de la antigua Constantinopla es uno de las de mayor movimiento en Europa.


En la juventud Turquía me parecía como puerta de un Oriente misterioso. Había leído los Siete Pilares de la Sabiduría de T. E. Lawrence y muchas cosas sobre las Cruzadas.

Como la mayoría de las jóvenes de mi generación veía en Turquía el país de los turcos, que se occidentalizara en el gobierno de Ataturk después de la disgregación del Imperio Otomano.

La niebla de la ignorancia tardó en disiparse. Fue solamente a partir de los años 70, en viajes por la Asia Soviética, que, lentamente, principié a tomar conocimiento de la gran aventura de los pueblos turcos y de su contribución para el progreso de la humanidad.

Una Saga Olvidada

En libros que entonces me ofrecieron aprendí que el origen de las tribus turcas de la antigüedad fue la taiga siberiana. De las montañas de Transbaikalia, de Orkhon y de las márgenes del Selenga, los primeros turcos comenzaron, mucho antes del inicio de Nuestra Era, a descender para al Sur. En sus lentas migraciones, cambiaron las florestas por las estepas de la actual Mongolia, y ahí esas tribus se transformaron de sedentarias en nómadas creadoras de caballos, bueyes, camellos y ovejas.

Más tarde, entraron por China y destruyeron y fundaron ahí imperios. Muchos siglos después, corrieron para el Occidente e invadieron provincias del imperio Romano, sembrando el terror por donde pasaban.

Con el pasar de los siglos, al diseminarse por el mundo, empujados por grandes hambrunas o después de guerras con vecinos agresivos, los turcos se diferenciaron mucho y los idiomas de las primitivas sociedades tribales evolucionaron, distanciándose.
Pero turcófonos eran los Hunos de Átila; los Heftalitas que invadieron China, la India y la Persia sassanida; los Ávaros que llegaron hasta Hungría; los Uigures, profesores de los mongoles y creadores de un alfabeto; los primeros búlgaros; los Mamelucos egipcios.
Turcófonos eran los Seljucidas venidos de Sogdiana (actual Uzbequistan) que reconquistaron Jerusalém a los Cruzados y casi expulsaron Bizancio de Asia Menor; los Kazhar, los Kiptchak, los Petechenegos que poblaron las estepas de Ucrania y del Sur de Rusia, pueblos de los cuales descienden decenas de millones de rusos. Los Polovtses, de las crónicas medievales rusas, eran también nómadas turcos.

Turcófonos son los actuales Kazaks, Uzbeques, Kirguizes, Turquemenos, Azeris.

Turcófonas eran las tribus Karluk, de la Sogdiana, que, aliadas a los árabes en la cabalgata de estos para Oriente, lucharon contra los chinos en Talas, en una batalla que en el año 751 frenó definitivamente a la avanzada China rumbo al Occidente.

El finlandés y el estonio sumergen las raíces en los dialectos turcos hablados por sus antepasados, venidos de la Alta Asia.
La historiografía europea desconoce, con pocas excepciones, la gran aventura de los pueblos turcos a lo largo de más de dos milenios. La gran mayoría de los llamados “Mongoles de la conquista” era turca. Pero pocos historiadores, incluyendo los árabes e iraníes, señalan en sus obras que más de dos tercios de los ejércitos de los hijos y nietos de Gengis Khan hablaban no el mongol, sino lenguas turcas con él emparentadas.

Mi generación “aprendió” en el liceo que los turcos eran musulmanes fanáticos cuando irrumpieron en Europa. En los compendios escolares de mi tiempo no era mínimamente clara la diferencia entre árabes y turcos. Algunos profesores aludían a los choques entre los portugueses y los turcos en los mares de la India, pero las referencias eran superficiales, vagas.
En España, en Italia y en Francia el panorama no era muy diferente. La derrota de la armada otomana en la batalla de Lepanto era celebrada como una gran victoria de la Cristiandad contra la barbarie.

De los turcos fue durante siglos proyectada la imagen de gente salvaje y cruel, imagen que el cine, ya en nuestra época, contribuye para llevar a las masas.

Voltaire, entre otros grandes escritores, presento Tamerlan como demonio con figura humana, un flagelo de la humanidad. El personaje de ese turco chagatai, el mayor conquistador del siglo XIV, único vencedor de los turcos Otomanos, inspiró generaciones de dramaturgos, poetas e historiadores que lo maldijeron. Fue satanizado en operas famosas.

Es innegable que Tamerlan cometió crímenes comparables a los de las hordas de Gengis Khan, Pero el autor de las matanzas de Isfahan, Damasco y Delhi, entre otras, el turco que al perseguir a las Hordas mongolas a través de Rusia arrasó todo lo que encontró enfrente, el emir devoto que mandaba construir pirámides con las cabezas de los vencidos no dejó en la historia solamente un rastro de violencia irracional. Tamerlan atrajo a Samarcanda a los mayores artistas y sabios del islam asiático e hizo de ella, en la época, la más bella ciudad del mundo musulmán. Algunos de sus descendientes fueron príncipes cultos, que promovieron el llamado renacimiento timurida que renovó la arquitectura, la poesía, la pintura, la música en los países por ellos gobernados. Babur, su trinieto, fundó el Imperio del Gran Mogol en la India donde durante dos siglos floreció una cultura que creo monumentos maravillosos como el Tahj Mahal de Agra.

Otro efímero imperio turco que los historiadores solamente recuerdan como responsable por hecatombes tuvo su polo en Ghazni, una ciudad, hoy en ruinas, situada en el actual Afganistán. Un sultán, Mahmud, en sus campañas por el Norte de la India, actúo como un genocida. Pero ese gran bárbaro fue una personalidad contradictoria. Ghazni, cuyo nombre está hoy casi olvidado, emergió en pocas décadas como la más prestigiada metrópoli cultural del islam oriental. Se admite que su población rondó el millón de habitantes. En el siglo XI, en los territorios gobernados por los Ghaznividas nacerán, han vivido y creado ciencia, cultura y belleza algunos de los más famosos sabios y artistas del islam, entre ellos Al Biruni, etnólogo, astrónomo, matemático; Ferdauci, el autor del poema épico Xá Naama (el libro de los reyes), considerado el creador del persa moderno; Sanai, un sofista que fue precursor de Dante; Ibn Sina, el Avicena, cuyo tratado de Medicina fue referencia en Europa durante cinco siglos.

Turco era Xá Ismail, el primero de los Safévides, la dinastía de mecenas durante la cual, la arquitectura y la pintura persas alcanzaron en el siglo XVII el apogeo, adquiriendo prestigio mundial.

Del Ártico al Mediterráneo

No olvido el choque recibido en 1974 al visitar la República de Yakuta en el gran Norte siberiano. Estaba instalado en un hotel confortable, pero afuera el termómetro descendía a 45 grados negativos. Los yakutos, por el aspecto físico, me traían a la memoria a los inuit de Groenlandia y hablaban una lengua diferente al ruso. Algunos no lo entendían. Un joven traducía para mi intérprete que vertía para el portugués.

Pregunte ¿qué idioma era aquel?

Cuando oí que se expresaban en uno de los muchos dialectos turcos de Siberia, la respuesta me lanzó a una meditación inesperada sobre el largo camino recorrido por antepasados de aquella gente, empujada para el Norte por otros pueblos turcófonos.
Frente a mi espanto, un profesor ruso que acompañaba la conversación aclaró que de las tierras heladas del estrecho de Bering, desde Alaska, al Adriático, en una faja que atravesa Asía y Europa, continúan viviendo comunidades turcófonas.

Una de las más prodigiosas aventuras de los antiguos turcos fue la de las tribus Oghuz que, saliendo en el siglo XII de las márgenes orientales del Caspio, vinieron en lenta marcha a fijarse en Asia Menor como vasallos de los emires seljucidas que entonces luchaban contra el Imperio Bizantino. Del nombre de su jefe, Othman, quedaran conocidos como los Otomanos, fundadores de un Imperio gigantesco. A lo largo de doscientos años fueron la primera potencia militar del mundo.

Durante siglos, los primitivos turcos permanecieron fieles a la religión animista que los acompañó en sus migraciones, de la taiga a las estepas, muy semejante a la de los mongoles. Creían en un dios supremo, Tengri, el cielo azul, creador del universo y veneraban y temían a las fuerzas de la naturaleza.

Era una religión tolerante abierta a la comprensión de las practicadas por los pueblos de los países conquistados o vecinos. La rápida absorción de culturas mucho más elaboradas llevó a los primitivos turcos a asumir grandes religiones de la antigüedad. En China se hicieron budistas en la época en que el budismo por algún tiempo allí penetró. En los oasis del Tarim (actual Sinkiang Uigur) se adhirieron al maniqueísmo. Una pequeña minoría adoptó el cristianismo nestoriano. Los Khazars de Rusia se convirtieron al judaísmo. Más fue en el primer contacto con los árabes, sobretodo en la Sogdiana (actual Uzbekistan), que la avalancha de las tribus turcas en su dislocación para el Occidente hicieron la opción religiosa que vendría a tener una gran influencia en el rumbo de la Historia.

A mediados del siglo VIII, el Califato Abássida ejercía una soberanía nominal sobre un área enorme, de China a Egipto, del Indo a Sicilia. La fase de expansión terminara, se iniciara la defensiva. Los árabes eran pocos, los territorios inmensos. Las turbulentas tribus turcas proporcionaban a los Califas de Bagdad las solados que necesitaban. Formidables guerreros, los turcos se convirtieron en la columna vertebral de los ejércitos del islam asiático. Y aconteció lo inevitable. El poder militar conquistó rápidamente el poder político. Primero en la Sogdiana, después en el actual Afganistán, en Irán, en Iraq, en el norte islamizado de la India surgirán sultanatos turcos. En Bagdad, el Califa, el jefe religioso, ya era una figura poco más que decorativa, cuando los Seljucidas enfrentaron la invasión de los Cruzados a fines del siglo X.

Eran pocos y diferentes

Los turcófonos no constituyen una comunidad de pueblos étnicamente homogénea. Los antiguos Kirguizes de la Alta Asia eran rubios y de piel clara; la mayoría de los Petchenegos, según las crónicas rusas medievales, tenían los ojos azules y los cabellos claros; la fisonomía de los Kiptchak tampoco era oriental. El príncipe Igor, héroe legendario de la Rusia antigua, era un Polovtse y su lengua materna el turco. El denominador común del mundo turco fue el idioma y no la raza.

¿Eran muchos los turcos de la conquista? No, eran pocos, tal como los visigodos que se establecieron en España y los Francos en la Galia Romana. El historiador Claude Cahen evalúa en 300 000 el máximo o total de los seljucidas que invadieron el Asia Menor, procedentes de Irán, y allí se quedaron. Mucho menos numerosas eran las tribus otomanas que se instalaron en el altiplano con la concordancia de los Bizantinos.

En el siglo XIII, los turcos constituían apenas el 10% de la población de Anatólia, no obstante el poder militar de los sultanatos existentes.

El mestizaje fue un proceso complejo. Los persas, con raras excepciones, no se fundieron con los turcos. En Georgia y en Armenia ocurrió lo mismo: las poblaciones locales no se misturaron con los invasores turcos.

Fue en las regiones helenizadas del Imperio Bizantino que la turquización de las poblaciones avanzó aunque lentamente. Pero en el siglo XX, más de un tercio de los habitantes de Asia Menor eran griegos, kurdos, armenios. No exageran los historiadores que identifican en la Turquía actual un Estado-nación creado y viabilizado por la voluntad de un hombre.

El huracán Otomano

Los otomanos, de la pequeña comunidad tribal establecida en tierras bizantinas se transformaron rápidamente en un sultanato que se esparció por el Asia Menor y, ganando fuerza y prestigio, construyeron los cimientos de un gran imperio. A mediados del siglo XIV estaban sólidamente implantados en el corazón de la Península Balcánica e infligieron sucesivas y aplastantes derrotas a los príncipes rumanos, búlgaros, serbios y búlgaros.

Cuando en 1453 Mehmet II, el joven sultán otomano, se presentó con un gran ejército frente a las murallas de Constantinopla, la gran ciudad era todo los que quedaba del Imperio Romano del Oriente.

Las potencias occidentales no atendieron los punzantes pedidos de ayuda llegados de Bizancio. Las querellas religiosas que habían separado a Roma del Patriarcado Ortodoxo habían generado una serie de odios.

Durante más de un milenio, la orgullosa Bizancio, hija de Roma y de Grecia, resistirá victoriosamente a las embestidas de godos, celtas, persas, árabes, búlgaros, rusos. Pero los caballeros de la IV Cruzada, financiados por Veneza, tomaran la ciudad por dentro, saquearan sus palacios, iglesias y crearan un efímero imperio Latino.

Restaurado en 1261, el Imperio Bizantino sobrevivió por casi dos siglos. Se decía que las murallas de Constantinopla eran inexpugnables. Pero cedieron frente a la avalancha otomana. En el cerco el sultán, para abrir brechas en las murallas, utilizó los mayores cañones hasta entonces fabricados.

Para los historiadores de Occidente, la caída de Constantinopla fue un acontecimiento trágico que señaló el fin de la edad Media.

En la perspectiva de los musulmanes, la toma de la ciudadela de los Rum marco el inicio de la edad de oro del imperio Otomano. Selim I derroto a los persas, conquistó Siria, Palestina y Egipto y sumó al poder religioso al político, asumiéndose como heredero del Califato. Durante el largo reinado del hijo, Solimán I, el Magnifico, la expansión prosiguió en un ritmo que alarmó a las grandes monarquías cristianas. Los ejércitos otomanos ultrapasaron el Éufrates y el Tigris y sus escuadras enfrentaron a los portugueses en los mares de la India. La bandera de la luna en cuarto creciente fue izada en Trípoli, Túnez y Argel , y el Mediterráneo, hasta el Adriático, se volvió un lago turco.

La basílica de Santa Sofía, transformada en mezquita, fue una fuente de inspiración para los arquitectos otomanos. Istambul al final del siglo XVI había recuperado el antiguo esplendor de Constantinopla y era la mayor y más prospera capital de Europa con una población que excedía 600 000 habitantes.

El imperio tenia la superficie de ocho millones de kilómetros cuadrados (16 veces el tamaño de España) y una población superior a 60 millones de habitantes.

Una nueva cultura surgió del sincretismo nacido de la fusión difícil de la persa, de la árabe y de la bizantina. En la arquitectura, en la pintura, en la cerámica, en la tapicería, los otomanos innovaron durante dos siglos. Las grandes mezquitas imperiales, como la Suleimanieh y la de Sultanahmet, son obras de artes maravillosas, patrimonio de la humanidad.

En el siglo XVII se inicia la decadencia, lenta, pero irreversible.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, el imperio Otomano, derrotado, desapareció. Los vencedores tomaron el control de las provincias árabes y la propia Turquía –origen y núcleo del Estado imperial multinacional- ocupada, dividida e invadida, estuvo a punto de desaparecer.

Fue entonces que surgió uno de aquellos raros hombres que, en situaciones excepcionales, alteran el caminar de los pueblos. Mustafa Kemal, el Ataturk, desafió la lógica de la Historia. Por la guerra y por la negociación garantizó la continuidad de Turquía. Transformó en realidades concretas lo imposible aparente. Expulsó a las tropas extranjeras en cuatro años de guerra, envió al exilio el último sultán, abolió el Califato, proclamo la República laica, prohibió el vestuario tradicional, adjudicó a la mujer igualdad de derechos, adoptó el calendario gregoriano e impuso la substitución del alfabeto árabe por el latino.

Pocas revoluciones cambiaron tan profundamente la vida de un pueblo en un espacio de tiempo tan breve. Una cultura milenaria, asiática, oriental, fue anatemizada y reprimida e incentivada la adhesión a una cultura occidental que durante siglos había aparecido a los turcos otomanos como hostil.

Turquía sobrevivió, pero la transición, traumática, dolorosa, dejo secuelas cuyos efectos continúan manifestándose.
Los turcos contemporáneos saben que todas las civilizaciones cuando mueren no vuelven. Pero las semillas quedan y su germinación es compleja e imprevisible.

Volveré al tema en un texto de reflexión sobre mi reencuentro con Estambul, una ciudad fascinante, implantada en uno de los más bellos escenarios del mundo.

Vila Nova de Gaia, Enero de 2011

Traducción Jazmín Padilla.