La socialdemocracia, al servicio de las clases dominantes. La lucha del Partido Comunista

Raúl Martínez y Ramón López, área ideológica del CC del PCPE
26.Feb.14 :: Opinión

El revisionismo, fenómeno histórico hostil al marxismo

Desde el nacimiento del movimiento obrero hasta nuestros días se ha librado en su seno una intensa lucha entre dos tendencias: la revolucionaria y la oportunista. El oportunismo ha adoptado a lo largo de la historia distintas y numerosas manifestaciones, tanto bajo formas de “izquierda” como de derecha. En este artículo se aborda el oportunismo de derecha, o revisionismo, fuente inicial de la corriente política que hoy conocemos como socialdemocracia, cuya naturaleza mutó, a lo largo del siglo XX, transformándose, de corriente del movimiento obrero, en movimiento político defensor a ultranza y pilar esencial del capitalismo monopolista.



El revisionismo surgió a finales del siglo XIX cuando, tras la muerte de Federico Engels, se desató una lucha abierta en el seno del movimiento socialista, encabezada por el alemán Eduard Bernstein, cuya máxima: “El objetivo final, no importa cuál sea, no es nada; el movimiento lo es todo”(1), se convirtió en bandera de los seguidores de la teoría revisionista y de su práctica política, el reformismo. Lenin afirmaría al respecto: “Esta frase proverbial de Bernstein expresa la esencia del revisionismo mejor que muchas y largas disertaciones. Determinar de cuando en cuando la conducta que se debe seguir, adaptarse a los acontecimientos del día, a los virajes de las minucias políticas, olvidar los intereses cardinales del proletariado y los rasgos fundamentales de todo el régimen capitalista, de toda la evolución del capitalismo, y sacrificar estos intereses cardinales en aras de las ventajas reales o supuestas del momento: ésa es la política revisionista. Y de su esencia misma se desprende con toda certidumbre que esta política puede adoptar formas infinitamente diversas y que cada problema un tanto “nuevo”, cada viraje un tanto inesperado e imprevisto de los acontecimientos –aunque este viraje sólo altere la línea fundamental del desarrollo en proporciones mínimas y por el plazo más corto-, dará lugar siempre, ineluctablemente, a tal o cual variedad de revisionismo”(2).

El revisionismo, alegando que las condiciones socio–económicas habían cambiado radicalmente, se manifestó como corriente abiertamente hostil al marxismo, rechazando los postulados básicos de la ciencia marxista.

En el plano filosófico, negó su carácter partidista y clasista, yendo a remolque de la “ciencia” burguesa y arrastrándose tras los neokantianos (3).

En el plano económico, negó la teoría del valor, la ley de la acumulación capitalista y la ley de la pauperización absoluta y relativa del proletariado en las nuevas condiciones del capitalismo. Quiso demostrar que en el sector agrícola no se producía un proceso de concentración de la propiedad y la sustitución de los pequeños propietarios por los grandes. Defendió la idea de que el proceso de concentración de la propiedad transcurriría de forma sumamente lenta en el sector industrial y comercial. Formuló la tesis de que las grandes empresas capitalistas pondrían término a la anarquía de la producción y, por consiguiente, disminuiría automáticamente la contradicción entre el proletariado y la burguesía (4).

En el campo de la política, el revisionismo intentó revisar lo que realmente constituye la base del marxismo: la teoría de la lucha de clases. La libertad política, la democracia, el sufragio universal destruyen la base para la lucha de clases –decían los revisionistas. Puesto que en la democracia impera la “voluntad de la mayoría”, no debemos ver en el Estado, según ellos, el órgano de la dominación de clase, ni negarnos a hacer alianzas con la burguesía progresista contra los reaccionarios (5).

Para Lenin el revisionismo, o “revisión” del marxismo, es una de las principales manifestaciones, si no la principal, de la influencia burguesa sobre el proletariado y de la corrupción burguesa de los proletarios (6), aportando, en su obra La bancarrota de la II Internacional, la siguiente definición del oportunismo:

“El oportunismo es el sacrificio de los intereses vitales de las masas en aras de los intereses momentáneos de una minoría insignificante de obreros, o, dicho en otros términos, la alianza entre una parte de los obreros y la burguesía contra la masa proletaria” (7).

Y es que la ideología es el reflejo, en la conciencia de los seres humanos, de las condiciones sociales objetivamente existentes y, principalmente, un reflejo de las relaciones de producción imperantes. Así, desde el punto de vista leninista, se destacan las raíces históricas del fenómeno revisionista y su naturaleza de clase:

“En todos los países capitalistas existen siempre, al lado del proletariado, extensas capas de pequeña burguesía, de pequeños propietarios. El capitalismo ha nacido y sigue naciendo, constantemente, de la pequeña producción. El capitalismo crea de nuevo, infatigablemente, toda una serie de “capas medias”… Estos nuevos pequeños productores se ven nuevamente arrojados, también, de modo no menos inevitable, a las filas del proletariado. Es perfectamente natural que la mentalidad pequeño–burguesa irrumpa de nuevo, una y otra vez, en las filas de los grandes partidos obreros. Es perfectamente natural que suceda así, y así sucederá siempre hasta llegar a las pericias de la revolución proletaria” (8).

En resumidas cuentas, el marxismo–leninismo destaca tres particularidades esenciales del oportunismo de derecha o revisionismo: el revisionismo es un fenómeno internacional, al ser producto social de una época histórica concreta; el revisionismo aparece regularmente en los partidos obreros, dado el carácter cíclico del desarrollo del capitalismo, y, además, puede adoptar formas diversas; el oportunismo de derecha, al revisar los postulados básicos del marxismo, desnaturaliza el carácter revolucionario del partido obrero, desviándole de su objetivo principal: la destrucción del poder económico y político de la burguesía (9).

Frente a la práctica política reformista, que emana de los planteamientos teóricos revisionistas, Lenin argumentó que la burguesía, concediendo con una mano las reformas, las retira con la otra, las reduce a la nada o las utiliza para subyugar a los obreros, para dividirlos en grupos, para eternizar la esclavitud asalariada de los trabajadores y trabajadoras. Por eso, el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero, se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países demuestra que el movimiento obrero ha sido burlado siempre que ha confiado en los reformistas (10).

La bancarrota de la II Internacional, la socialdemocracia y la guerra imperialista

La mayoría de partidos de la II Internacional consumó su bancarrota traicionando las resoluciones del Congreso de Basilea (1912), en las que los partidos socialdemócratas habían fijado posición oponiéndose a la guerra imperialista en ciernes y llamando al proletariado mundial a combatir activamente su desencadenamiento. Sin embargo, el 4 de agosto de 1914, los socialdemócratas alemanes y franceses votaron en sus respectivos parlamentos los créditos de guerra, votaron en pro de la guerra imperialista y entraron a formar parte de los gobiernos de sus países, como posteriormente hicieron los socialdemócratas ingleses y belgas, confiando en ellos la burguesía la gestión del capitalismo y transformándose, por tanto, de partidos obreros oportunistas en partidos burgueses.

La mayoría de partidos agrupados hasta entonces en la II Internacional sufrió su primera gran mutación histórica, transformándose de partidos obreros socialistas, en los que convivían en lucha tenaz la tendencia oportunista y la revolucionaria, en partidos obreros nacional–liberales, haciendo estallar en mil pedazos la Internacional, en cuyo seno había cobrado fuerza el oportunismo durante el periodo de desarrollo relativamente pacífico del capitalismo transcurrido entre 1871 y 1914.

Lenin, en plena guerra mundial, profundizó su caracterización del oportunismo. Definió como base económica del chovinismo y del oportunismo la alianza de unas pocas capas superiores del proletariado y de la pequeña burguesía –que aprovechan las migajas de los privilegios de “su” capital nacional- contra las masas proletarias, contra las masas trabajadoras. Puso al descubierto que la vieja división de los socialistas en corriente oportunista y corriente revolucionaria, propia de la época de la II Internacional (1889–1914), se correspondía, en resumidas cuentas, con la nueva división en chovinistas e internacionalistas. La defensa de la colaboración de clases, el abandono de la idea de la revolución socialista y de los métodos revolucionarios de lucha, la adaptación al nacionalismo burgués, el fetichismo de la legalidad burguesa, la renuncia al punto de vista de clase y a la lucha de clases por temor a que se aparten “las amplias masas de la población” (léase, la pequeña burguesía), tales son, para Lenin, los fundamentos ideológicos del oportunismo (11). Partiendo de que el oportunismo no es fruto del azar, ni un pecado, un desliz o una traición de un grupo de individuos aislados, Lenin afirmó que se trataba del producto social de toda una época histórica, poniendo también de manifiesto su carácter de clase: “El periodo del imperialismo es el periodo del reparto del mundo entre las “grandes” naciones, entre las naciones privilegiadas que oprimen a todas las demás. Las migajas del botín proporcionado por estos privilegios y por esta opresión van a parar, indudablemente, a manos de ciertas capas de la pequeña burguesía y de la aristocracia –así como también de la burocracia- de la clase obrera. Como minoría insignificante del proletariado y de las masas trabajadoras, estas capas gravitan en torno al “struvismo”, pues éste les ofrece una justificación de su alianza con “su” burguesía nacional, contras las masas oprimidas de todas las naciones” (12).

“El oportunismo se ha ido incubando durante decenios por la especificidad de una época de desarrollo del capitalismo en que las condiciones de existencia relativamente civilizadas y pacíficas de una capa de obreros privilegiados los “aburguesaba”, les proporcionaba unas migajas de los beneficios conseguidos por sus capitales nacionales y los mantenía alejados de las privaciones, de los sufrimientos y del estado de ánimo revolucionario de las masas que eran lanzadas a la ruina y que vivían en la miseria” (13).

Así, se ponía en claro el papel concreto de la aristocracia y de la burocracia obrera en el marco general de la lucha de clases propio de la época imperialista, análisis que conserva plena actualidad en nuestros días.

Para Lenin, la I Guerra Mundial supuso un viraje tan importante en la historia que hizo imposible continuar teniendo la misma actitud ante el oportunismo que había caracterizado el periodo anterior. Era imposible negar el hecho de que, en el momento de las crisis, los oportunistas habían desertado de los partidos obreros y se habían pasado al campo de la burguesía: “Ha madurado toda una capa social de parlamentarios, de periodistas, de funcionarios del movimiento obrero, de empleados privilegiados y de ciertos estratos del proletariado, capa social que se ha fundido con su burguesía nacional y a la que ésta ha sabido apreciar en su justo valor y “adaptarla” (14).

Por tanto, tocaba pasar a la acción: “No es posible hacer girar hacia atrás o detener la rueda de la historia; pero lo que sí se puede y se debe hacer es avanzar sin miedo y pasar de las organizaciones preparatorias y legales de la clase obrera, prisioneras del oportunismo, a unas organizaciones revolucionarias del proletariado que sepan no limitarse a la legalidad, que sepan ponerse a cubierto de la traición oportunista, a las organizaciones revolucionarias del proletariado que emprende la “lucha por el poder”, por el derrocamiento de la burguesía” (15).

Había quedado demostrado que, en la época del imperialismo, debía descartarse la vieja teoría de que el oportunismo es un “matiz legítimo” dentro de un partido obrero único, pues se había convertido en el mayor obstáculo para el desarrollo revolucionario del movimiento obrero.

La II Internacional había muerto, vencida por el oportunismo; la III Internacional tenía ante sí la tarea de organizar las fuerzas del proletariado para la ofensiva revolucionaria contra los gobiernos capitalistas, para la guerra civil contra la burguesía de todos los países por el poder político y la victoria del socialismo.

La definitiva mutación de la socialdemocracia tras la II Guerra Mundial

Tras el triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917, la división en tres alas se consolida: la derecha, representada por los revisionistas y convertida en partido burgués; la izquierda, representada por los comunistas, con los bolcheviques al frente; y el ala centrista, formalmente marxista y que se adapta en la práctica al oportunismo, afirmando buscar la unidad y la paz en el partido. El sector centrista es encabezado por Kaustky, quien dedicará sus esfuerzos teóricos a atacar a la Revolución de Octubre, acusando a los bolcheviques de saltarse los límites impuestos por las fuerzas productivas de Rusia y, en definitiva, calificando a la revolución como una aberración.

En el periodo que media entre la primera guerra mundial y la segunda, el sector centrista dominará la II Internacional, decretando resoluciones formalmente “revolucionarias” y “marxistas” pero, en la práctica, plegándose a las exigencias del ala derechista, que va, de este modo, fortaleciéndose hasta el punto de forzar en numerosos casos la participación de la socialdemocracia en gabinetes burgueses.

De dicha participación ministerial en diversos países –Reino Unido, Francia, Alemania, etc.- surgirán elementos que ya no hacen dudar del salto operado por la socialdemocracia desde una posición reformista, pero de clase, hacia una posición burguesa, situada entre los liberales y el comunismo. Desde el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht hasta las medidas económicas antiobreras aplicadas con motivo de la crisis capitalista de 1929, todo revela el auténtico carácter de la socialdemocracia como partido burgués encargado de realizar la conciliación de clases para tratar de evitar y contener el estallido revolucionario, oponiéndose al desarrollo del movimiento comunista.

El papel vergonzoso de la socialdemocracia durante el ascenso del fascismo, su negativa a llegar a acuerdos con la III Internacional y su vacilación pequeñoburguesa en momentos decisivos de la lucha de clases, fueron claves para entender cómo el fascismo llegó a apoderarse con relativa facilidad del aparato político del Estado en distintos países. Su confianza en los métodos legales, su liberalismo podrido, demostró que la socialdemocracia se había convertido en defensora del capitalismo, dificultando el desarrollo de la política de frente único de la Internacional Comunista (16).

Pero es después de la II Guerra Mundial cuando tiene lugar la más evidente y definitiva mutación de la socialdemocracia. El triunfo sobre el nazi-fascismo; los éxitos en la construcción del socialismo en la URSS; la extensión del bloque socialista mundial a toda una serie de países; el desarrollo de las contradicciones en los países capitalistas de Europa occidental, como consecuencia de la destrucción de fuerzas productivas operada en la guerra; la reducción de la base material del capitalismo y el enorme prestigio del movimiento comunista internacional entre las masas obreras de occidente, son factores que van colocando al imperialismo ante un callejón sin salida. La socialdemocracia, de la mano de sus amos burgueses, encuentra de nuevo su lugar en el intento de neutralizar la lucha de clases. Muchos dirigentes socialdemócratas en el exilio trabaron estrecho contacto con los imperialistas anglo-norteamericanos, configurando lo que sería el orden subsiguiente a la derrota del nazi-fascismo para países como Italia, Alemania, Francia, Suecia, Noruega, etc. (17)

En 1951 tiene lugar el Congreso de Francfurt, en el que se crea la Internacional Socialista, y, en 1959, en el denominado Programa de Bad Godesberg, se fijan por escrito las posiciones políticas de la socialdemocracia en el partido más grande y más influyente de esta tendencia, el SPD –alemán-, que determinará los programas del resto de partidos y de su reconstituida Internacional.

En ese programa se abandona formalmente la referencia al marxismo y se sitúa, sin nombrarlo siquiera, al lado de la “ética cristiana” y el “humanismo”. Ya habían pasado los tiempos en los que la socialdemocracia necesitaba colocarse la etiqueta marxista para combatir al movimiento comunista. A partir de ese momento se trata de una abierta lucha contra el marxismo. En el terreno de la lucha de clases, se subsume la lucha obrera dentro de la lucha por “más democracia” como objetivo último del “socialismo democrático”, cuyos horizontes son difusos y hacen referencia a elementos económicos que no sobrepasan el nivel del reformismo liberal, aceptando, en sus términos principales, las teorías económicas burguesas, la disciplina presupuestaria, el keynesianismo como freno para la lucha de clases, etc.; por decirlo con conceptos que usa el mismo programa: “tanta planificación como sea necesaria y tanta competencia como sea posible” (18).

Por si todavía quedasen dudas, aparecen referencias en contra del “control totalitario de la economía” afirmando la necesidad de la existencia de la propiedad privada. Como horizonte máximo -nunca aplicado consecuentemente- la referencia a la “democracia económica” en la que la clase obrera debería poder intervenir en la gestión de las empresas privadas y públicas. Salvo en algunos sectores productivos en Alemania y otros países europeos, y con la salvedad de que dicha participación estaba circunscrita a determinados problemas de gestión -tal y como sucede en la actualidad con la participación de miembros de los comités de empresa (emblema de esta política socialdemócrata) en consejos de administración- y ejercida por la burocracia sindical reformista, nunca se llegó a aplicar tal cosa en país alguno, pese a contar con mayorías parlamentarias suficientes para hacerlo. En realidad, el Programa de Godesberg, aceptado internacionalmente por la socialdemocracia, únicamente encontró campo de aplicación para la educación pública y la sanidad, y siempre restringido a determinados países de Europa occidental.

Las contradicciones económicas inherentes al denominado “Estado del Bienestar” -que no fue más que Estado de explotación para las mayorías obreras sacrificadas en el altar del desarrollo capitalista e imperialista- llevaron al desencadenamiento de la crisis capitalista de los años setenta y a un cambio en la percepción de la mayoría de la burguesía, abandonando los principios keynesianos y adoptando un enfoque netamente liberal, retomando sus viejas concepciones del “dejar hacer”, separando al Estado de la intervención económica directa y llevándolo a ejercer su influencia únicamente a través del presupuesto y de la política monetaria, emprendiendo la privatización del sector público creado en el periodo precedente.

Es necesario, pese a todo, añadir que el mismo Programa de Godesberg renunciaba ya a esos mecanismos “directos” y privilegiaba los indirectos, salvo en aquellos sectores donde fuese necesaria la intervención estatal para evitar la conformación de monopolios privados. En realidad, la versión liberal plantea exactamente lo mismo, e, incluso, habla de “economía mixta” para incluir esos métodos de intervención estatal; lo que ocurre en estos años, décadas de los ochenta y de los noventa del siglo XX, es que se abandona la teoría de los “monopolios naturales en manos del Estado” -energía, transporte, telecomunicaciones y otros sectores considerados estratégicos- y se abrazan las ideas de un Banco Central cuya política monetaria tiene como objetivo único el control de la inflación sobre otras consideraciones, como pueda ser permitir cierto nivel de inflación para animar la inversión burguesa.

La burguesía prioriza en esta época -hasta el inicio de la crisis capitalista actual- la privatización, la mercantilización de sectores productivos situados en los márgenes de la acción de la ley del valor -cuya esfera de acción había sido modificada por la intervención de poderes estatales-, la internacionalización -de la mano de grandes empresas monopolísticas que habían acumulado grandes cantidades de capital en el período precedente-, al mismo tiempo que empeoran las condiciones políticas en las que el movimiento obrero debe realizar la labor de defensa de sus condiciones de vida y trabajo e incrementa la represión del movimiento revolucionario, la militarización de la economía y el despliegue de la guerra imperialista.

Hoy en día, la socialdemocracia mantiene una cierta ligazón con el movimiento obrero a través de las centrales sindicales reformistas, donde todavía mantiene un discurso de “defensa de los trabajadores” de tipo puramente económico y que tiende, siempre, hacia la conciliación con la burguesía. Su misión es asegurar la paz social, la imposibilidad del desenvolvimiento de una contestación obrera que pueda transformarse, como consecuencia del aumento de su combatividad y de su organización, en desarrollo de la conciencia de clase, del paso de conciencia de clase en sí a conciencia de clase para sí, en alternativa revolucionaria al capitalismo agonizante.

En la crisis capitalista en la que estamos sumergidos, la socialdemocracia tiene una misión bien clara: aplicar las medidas más contrarias a los intereses obreros manteniendo, dentro de los límites fijados por la oligarquía, el conflicto de clases. Así, mientras aprueban medidas legales que son contrarias a los más elementales derechos adquiridos durante décadas de lucha del movimiento obrero (la negociación colectiva, el derecho a indemnización por despido, una cuantía digna del salario mínimo y de la pensión de jubilación, etc.), mantienen el control sobre una burocracia sindical profundamente enlazada a la socialdemocracia y al aparato del Estado burgués.

Las posiciones de “pacto social” van encaminadas a encadenar al movimiento obrero a políticas que son manifiestamente contrarias a sus intereses, favorecen a los monopolios y descargan las contradicciones que han estallado con la crisis capitalista sobre las espaldas de la clase obrera y de las capas populares. Se trata de reflotar la tasa de ganancia, siempre en tendencia a la baja, de favorecer el ciclo de reproducción ampliada del capital y, para ello, de recrudecer la tasa de explotación. En esta misión, la socialdemocracia juega un papel esencial: el papel del bombero que trata de apagar el incendio, incluso antes de que se produzca.

Pequeña burguesía y aristocracia obrera

La socialdemocracia, como organización principal del reformismo pequeñoburgués, para preservar el apoyo de su base social pequeñoburguesa -y también de las capas medias que comparten con el pequeñoburgués la autonomía en el trabajo, la dirección concreta de grupos de trabajadores y trabajadoras y cierto alejamiento de la máquina-, mantiene una política tendente a aislar a estos grupos del movimiento obrero e impedir la conformación de un frente obrero y popular, hegemonizado por el proletariado a través de su vanguardia política, que pueda constituirse en alternativa revolucionaria al capitalismo.

Dentro de este campo, las políticas socialdemócratas van en el sentido de sostener a la pequeña burguesía con fondos públicos -como las exenciones de pago a la seguridad social-, tratando de aliviar, sin conseguirlo, la situación de la pequeña producción frente a la grande. En el terreno sindical, favorecen a las capas medias frente a la mayoría obrera, promoviendo mejores condiciones laborales, económicas y sociales para esos grupos. Estos sectores fueron la vieja base de la política reformista burguesa de los años del “Estado del Bienestar”, al verse favorecidos frente a una masa obrera condenada a condiciones de explotación extrema y desprovista de cualquier apoyo sindical. Todo ello tiene como efecto el empeoramiento de las condiciones de vida y de trabajo de la mayoría proletaria, el recrudecimiento de su explotación y, también, su aislamiento cada vez mayor del resto de clases y sectores populares.

Aún así, la crisis capitalista ha golpeado duramente a las capas medias y a la pequeña burguesía, que ven empeorar sus condiciones de vida y de trabajo como consecuencia del desarrollo de las contradicciones capitalistas, demostrándose, también para estos grupos, el fracaso del reformismo. Al mismo tiempo, la socialdemocracia extiende la ideología pequeñoburguesa de la “ciudadanía” -todos y todas iguales en derechos ante la ley-, obviando las diferencias de clase, la posición de cada cual ante la propiedad de los medios de producción y ante el trabajo, influyendo en los medios obreros para desactivar la lucha de clases, precisamente entre quienes más sufren la explotación y más necesitados están de asumir su papel histórico como clase revolucionaria (19).

En el mismo sentido, resulta esencial el papel jugado por la aristocracia obrera en el sostenimiento de la socialdemocracia y en el fortalecimiento y difusión del revisionismo en el seno del movimiento obrero. La camarada Eleni Mpellou (20) ofrece el siguiente análisis sobre este fenómeno: “Por supuesto, lo que ocurre a nivel de conciencia -en este caso, el revisionismo- es un reflejo de los acontecimientos socioeconómicos –las secciones de la clase obrera en los países capitalistas avanzados gozaron de salarios más altos y mejores condiciones de vida debido a la plusvalía extra que el capital obtenía en sus países, tomando por ejemplo el monopolio del comercio exterior (Gran Bretaña hasta finales del siglo XIX) y la capacidad para explotar materias primas y trabajo barato en sociedades menos desarrolladas-. Los hijos de estas secciones de la clase obrera y de la aristocracia obrera en el movimiento sindical y político absorbieron la propaganda burguesa por medio del sistema educativo y fueron incorporados a los mecanismos ampliados del Estado –bien en los “servicios” del Estado burgués (educación, salud, sanidad) o puramente administrativos (oficinas tributarias, administraciones locales, mantenimiento de la propiedad estatal, etc.) o en empresas públicas o semipúblicas (bancos, servicios públicos, energía, agua, industria de telecomunicaciones, turismo, etc.).

La compra de secciones de la clase obrera y su incorporación a sectores dinámicos de la industria capitalista se logró en combinación con el soborno amplio de científicos que tenían raíces obreras; así, podemos ver que la ampliación de la base social del oportunismo y el fortalecimiento del revisionismo son fenómenos interconectados. La capacidad de las fuerzas políticas burguesas para comprar a amplios sectores de la clase obrera sirvió al objetivo político de corromper al movimiento obrero, de distraerlo de su objetivo estratégico de la revolución socialista en Europa y, más en general, en el mundo capitalista desarrollado e, incluso, en condiciones en las que la correlación de fuerzas había mejorado para las fuerzas del socialismo tras el fin de la II Guerra Mundial”.

La “izquierda socialdemócrata”, los revisionistas y el movimiento comunista

La socialdemocracia se convirtió, además, en un activo participante en la lucha de clases internacional contra el campo socialista. El papel que debían jugar los partidos socialdemócratas era debilitar a los partidos comunistas, organizar y fortalecer un movimiento obrero y sindical no comunista. Al lado de otros partidos furibundamente anticomunistas -los trotskistas-, la misión asignada por el imperialismo era bien clara: fragmentar el movimiento obrero, consolidar una tendencia reformista anticomunista y evitar el desarrollo de la lucha de clases en los países capitalistas, así como prestar ayuda política, económica y de cualquier otro tipo a los movimientos contrarrevolucionarios que se iban desarrollando en los países que construían activamente el socialismo. La CIA poseía una rúbrica para dichos partidos: “izquierda no comunista”, que recibía tanto apoyo político, como logístico y económico.

Al lado del papel abiertamente hostil y contrarrevolucionario respecto a los países socialistas, la socialdemocracia también ha jugado históricamente un papel de penetración política de los partidos comunistas. Ya antes de la II Guerra Mundial, la socialdemocracia buscó apoyos dentro del movimiento comunista para llegar a acuerdos que ligasen a estos partidos a políticas burguesas. Pero será después, en la inmediata postguerra, cuando surgen potentes tendencias reformistas en el seno de los partidos comunistas que cristalizaron en el denominado “eurocomunismo”. Este proceso fue posible en la medida en que el movimiento comunista internacional (atrapado en la ficción de la existencia de una etapa intermedia, democrática y antimonopolista, situada entre el capitalismo monopolista y el socialismo) supeditó su estrategia a una alianza parlamentaria con la socialdemocracia que, a la larga, traería graves consecuencias para la clase obrera y para el propio movimiento comunista internacional, que encontraba inmensas dificultades para definir una estrategia revolucionaria en las nuevas condiciones surgidas de la postguerra.

Dichas tendencias revisionistas, plenamente triunfantes en la mayoría de los partidos de Europa occidental, tenían la misma base social que la socialdemocracia de antaño y siguieron el mismo camino que antes habían recorrido los partidos socialdemócratas. Representaban, como reflejo, los intereses de la pequeña burguesía y de las capas medias, de la aristocracia obrera y de sectores de la burocracia sindical. Llegaron a la conclusión, descaradamente reformista, de que el socialismo podría construirse, en Europa, a través de un acuerdo con la socialdemocracia de tipo parlamentario, usando exclusivamente vías legales, constitucionales, reforma a reforma, hasta llegar a un punto en el que se hubiese construido el socialismo. Dicha visión, utópica en el sentido de reaccionaria, era un callejón sin salida que encontró sus propios límites con el cambio de política de la burguesía como consecuencia de la crisis económica del “Estado del Bienestar”.

La bancarrota del revisionismo eurocomunista la sufren en la actualidad numerosos destacamentos obreros de todo el mundo capitalista, especialmente de los países de Europa, donde las organizaciones herederas del eurocomunismo, manteniendo, en unos casos, las siglas y la simbología comunista o habiéndolas abandonado, en otros, conscientes de la mutación de una socialdemocracia convertida décadas atrás en partido burgués, aspiran a ocupar el flanco izquierda de los parlamentos burgueses, eso sí, siempre en una alianza supeditada de una u otra manera a los partidos socialdemócratas y siempre bajo las banderas del reformismo que ondean dentro de los márgenes del sistema.

Además, coincidían y coinciden, y no por casualidad, en una visión genéricamente favorable a la Unión Europea, proyecto imperialista de la oligarquía de los países que la conforman. Desean convertirse en el partido de la “izquierda” homologable para dichas instituciones, aceptando lo fundamental de la construcción europea, las reglas antidemocráticas y antiobreras de su funcionamiento y sus políticas monetarias y económicas de sentido único, el chantaje al que someten a los pueblos de Europa en la crisis capitalista, y, en definitiva, las políticas impuestas en cada momento por la burguesía.

Hoy dichos partidos oportunistas, organizados en el Partido de la Izquierda Europea, son un obstáculo al desarrollo de la lucha de clases, se interponen como freno al desarrollo de las posiciones clasistas, de la conciencia de clase; son, en definitiva, aliados naturales de la socialdemocracia, son su actual ala izquierda, cumpliendo la tarea de introducir la ideología reformista y pequeñoburguesa dentro del campo obrero, de sostener una falsa paz social que asegure un marco político a las medidas antiobreras que el capital tiene que aplicar para mantener su tasa de ganancia y salvar la situación.

Algunas consideraciones finales

Parte de la base social de la socialdemocracia, y también del revisionismo, la constituyen los sectores obreros de baja conciencia de clase que se suman a la lucha por la defensa de sus intereses inmediatos ante las crecientes agresiones del capital. Cuando estos sectores, con escasa preparación política y nula conciencia de clase, se suman a las luchas que debe desencadenar la clase para defender sus intereses lo hacen, necesariamente, desde algún punto de vista ideológico.

Efectivamente, el hecho de que tales sectores obreros no posean conciencia de clase para sí no anula el hecho de que poseen, como toda persona, una visión del mundo, ideológica, que les sirve para insertarse a sí mismos dentro de la sociedad. Dicha visión del mundo, que no procede por entero de posicionamientos clasistas, tiene necesariamente que venir de su antagonista, si estamos de acuerdo con Marx en que en las sociedades divididas en clases la ideología dominante es la ideología de la clase dominante.

Su visión del mundo, su ideología, por tanto, si no es proletaria tendrá que ser necesariamente burguesa o pequeñoburguesa. Se tratará de determinadas adaptaciones a las condiciones de vida de la clase obrera de las ideologías propias de la burguesía o la pequeña burguesía, y la más adecuada históricamente a estas funciones es, precisamente, la ideología “economicista”, reformista, que pregonan los sindicatos y los partidos socialdemócratas y también los partidos oportunistas del PIE o similares. Dicha ideología se adapta a las condiciones obreras, pero lo hace desde la óptica burguesa, al defender pequeños cambios dentro del capitalismo que puedan mejorar o aliviar las condiciones actuales a las que se ve sometido el proletariado.

Del mismo modo, y de sentido aparentemente inverso, podríamos considerar la ideología utópico-revolucionaria que, a pesar de su pretendido revolucionarismo, se muestra impotente para dirigir la lucha revolucionaria y termina por preconizar medidas que, de ser posibles, supondrían únicamente pequeños cambios manteniendo lo fundamental de la explotación capitalista.

La misión de la socialdemocracia, y de sus centrales sindicales dentro del campo obrero, consiste en impedir que dicha posición, que es una etapa objetiva en el desarrollo de la conciencia de esos sectores, evolucione hacia la asunción de una posición ideológica netamente proletaria, bajo el prisma del marxismo-leninismo, y que tienda a la confrontación con el capitalismo, hacia su superación revolucionaria.

Por tanto, además de la existencia de los sectores sociales antes aludidos -pequeña burguesía y capas medias-, dentro del movimiento obrero los sectores poco conscientes, los más rezagados, también pueden ser una base de apoyo al revisionismo, en general, y a la socialdemocracia, en particular.

Los partidos comunistas nos vemos obligados a lidiar con estas posiciones y lo estaremos, bajo muy diversas condiciones políticas, sociales o económicas, hasta la superación misma del conflicto de clases, hasta la etapa superior y última del socialismo-comunismo. En esas diversas condiciones, el reformismo tomará distintas posiciones políticas, pero, en esencia, intentará adaptar el movimiento obrero a las posiciones de su enemigo de clase, haciendo que acepte el campo de batalla y las formas de lucha que considera válidas su enemigo y negando la necesidad de superar el sistema capitalista generador de las contradicciones que le mantienen en su posición subordinada (21).

La misión principal de los partidos comunistas, en este campo, en general en la acción sindical, es elevar esa conciencia económica, que no supera el capitalismo, hacia conciencia política revolucionaria, de tal modo que esos sectores abandonen las tesis ideológicas de la pequeña burguesía (además de las anteriores, podríamos mencionar la idea de que el Estado es neutral en la lucha de clases, de que la legalidad es sagrada y que todo lo estipulado en las leyes se cumple, la idea de la independencia del poder judicial, de la separación de poderes y otras ingenuidades pequeñoburguesas que frenan objetivamente la lucha de clases) y abracen las tesis ideológicas propias de su clase. Esto es posible, precisamente, porque la ideología proletaria marxista-leninista no es más que el reflejo, en el terreno de lo subjetivo, de las condiciones económicas que sufren los explotados, o dicho de otro modo, toda tentativa, a nivel social, de intentar lo mismo con sectores no proletarios está condenada de antemano al fracaso -al margen de que individualmente muchos miembros de la pequeña burguesía y de las capas intermedias se acerquen a la clase obrera e, incluso, adopten su visión del mundo ante el desarrollo de las contradicciones capitalistas.

El movimiento comunista está obligado a aprender de sus errores, las condiciones en que la crisis capitalista sitúa la lucha de clases exige un combate frontal contra las posiciones de integración que propugna la socialdemocracia y el revisionismo en las filas obreras. La independencia ideológica, política y organizativa de la clase obrera debe ser defendida con firmeza, sin concesiones: “Ahora el pueblo, los empleados y obreros, los pequeños comerciantes y autónomos deben escribir sus propias páginas en la historia del país y escribirlas literalmente en mayúsculas y negrita. Su ira debe convertirse en fuerza de contraataque hasta el final. No hay otro camino… la barbarie no se humaniza” (22).

(1)“Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia”, recopilación de artículos Revista Neue Zeit, 1897-1898.

(2)V.I. Lenin, “Marxismo y Revisionismo”. Obras Completas, Tomo 17, página 24. Ed. Progreso, Moscú, 1.983.

(3)Idem., páginas 19 y 20.

(4)Idem., páginas 20 y 21.

(5)Idem., página 22.

(6)V.I. Lenin, “Quien se da prisa, provoca risa”. Obras Completas, Tomo 25, página 187. Ed. Progreso, Moscú, 1.984.

(7)V.I. Lenin. “La bancarrota de la II Internacional”. Contra el revisionismo, Ed. Progreso, Moscú, 1.980, página 259 – 260.

(8)V.I. Lenin. “Marx, Engels y el marxismo”. Edición en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1.947, páginas 237 – 238.

(9)Enrique Líster López. “Leninismo y oportunismo”. Ediciones PCOE, Madrid, 1976, páginas 21 – 22.

(10)V.I. Lenin. “Marxismo y reformismo”. Obras Completas, Tomo 24, página 1. Ed. Progreso, Moscú, 1984.

(11)V.I. Lenin. “La situación y las tareas de la Internacional Socialista”. Contra el revisionismo, Ed. Progreso, Moscú, 1980, página 209.

(12)V.I. Lenin. “La bancarrota de la II Internacional”. Contra el revisionismo, Ed. Progreso, Moscú, 1.980, página 238.

(13)Idem., página 260.

(14)Idem., página 268.

(15)Idem., página 268.

(16)Hoy en día, contando con la necesaria perspectiva y cuando ya no existe duda alguna del carácter burgués e imperialista de muchas secciones de la socialdemocracia durante el desarrollo de la II Guerra Mundial, el movimiento comunista debe analizar con rigor la política de frente único del proletariado con los partidos socialdemócratas, adoptada por el VII Congreso de la I.C., toda vez que conllevó toda una serie de consecuencias posteriores de indudable importancia para el movimiento comunista internacional.

(17)Los lazos de destacados cuadros socialdemócratas con la oligarquía se han profundizado desde entonces. A modo de ejemplo, baste señalar la participación del expresidente del gobierno español, Felipe González –exSecretario General del PSOE-, en el conocido como “Encuentro Padres e Hijos”, una iniciativa privada que congrega a empresarios de toda América Latina y a sus herederos para compartir “las recetas del éxito en los negocios” y hablar de “los temas sociales que preocupan al mundo”. Entre los oligarcas participantes se encuentran, entre otros, Carlos Slim, el segundo hombre más rico del mundo; el magnate colombiano Julio Mario Santo Domingo; el empresario venezolano Gustavo Cisneros; los argentinos Paolo Rocca, Federico Braun y Alfredo Román; los chilenos Andrónico Lucksia y Álvaro Saieh o los brasileños Joao Roberto Marinho, David Feffer y Antonio Moreiras. (Diario Público, Madrid, 08/03/2009, noticia de la Agencia EFE).

(18)Programa Básico del SPD. Bonn, 1959, páginas 5-17.

(19)Respecto a algunos movimientos que, como el conocido 15–M o movimiento de los indignado,s en ningún caso trascienden los planteamientos socialdemócratas, remitimos a la Declaración del Comité Ejecutivo del PCPE sobre las movilizaciones iniciadas el 15 M, de 19 de mayo de 2011, y que puede consultarse en http://www.pcpe.es/comunicados/item/268-sobre-las-movilizaciones-iniciadas-el-15-m.html.

(20)Miembro del Buró Político del Partido Comunista de Grecia. Cita de su artículo “Ideas sobre una nueva Internacional. El internacionalismo en la teoría marxista”, escrito a petición del Partido Comunista de Turquía para una actividad organizada por el Centro de Investigación Marxista. Publicado en la revista teórica del KKE (Komunistitiki Epitheorisi, segundo número de 2010). Traducción al castellano del Área Internacional del CC del PCPE.

(21)El exPresidente del Congreso español y dirigente del PSOE, José Bono, declaró públicamente que la “lucha de clases” en el siglo XXI “es una milonga” que “no cuela ya ni en China”, que el empleo tienen que crearlo en la actualidad “básicamente” empresarios con “ayuda” de las administraciones por lo que, recalcó, el PSOE no hará campaña “en contra de quienes crean riqueza y empleo”. Declaraciones reflejadas en los medios de comunicación españoles el 9 de mayo de 2011, EUROPAPRESS.

(22)Discurso de la camarada Aleka Papariga, Secretaria General del KKE hasta antes del 19 congreso, ante miles de trabajadores y trabajadoras, el 11 de mayo de 2011. Traducción del inglés realizada por el Área de Internacional del CC del PCPE.