Correspondencias. Cartas desde la prisión

Martha Aguilar
16.Oct.13 :: Columnas

No hace mucho tiempo, una carta era un modesto -y suficiente- medio para ponerse al día y mantener el contacto entre las personas. Sólo tinta y papel bastaban para transmitir cualquier mensaje, para sentirse cerca. Un sobre, un timbre postal, la oficina de correo, se han vuelto artículos de uso poco común gracias al correo electrónico, las redes sociales y el internet.

Sin embargo, no hace mucho tiempo, las cartas resultaban un medio efectivo y necesario para la comunicación. A pesar de ello, en una situación carcelaria el panorama cambia drásticamente. Podríamos tomar como ejemplo el Uruguay de segunda mitad del siglo XX, durante la dictadura, cuando la represión, la censura, el espionaje y la persecución se ejecutaban de manera abierta y descarada. Revisiones exhaustivas, tachaduras y retenciones, eran sólo algunos de los ingredientes carcelarios a las misivas de los presos políticos que “dejaban de estar incomunicados”.

Mucho de lo anterior puede leerse en la obra de Mario Benedetti, en libros como Primavera con una esquina rota, o bien, en Cartas desde la prisión, que es el epistolario que sostuvo Raúl Sendic con sus hijos, principalmente.



La edición cubana de Cartas desde la prisión contiene un prólogo especial, ya que Sendic lo dedica a la Juventud Cubana, a lo que agrega:

“(…) Durante esos trece años de prisión sólo fue posible escribir cartas durante breves periodos. Pero, además, esas cartas eran censuradas minuciosamente para cuidar que no tuvieran ningún contenido político o algún atisbo de posición en los problemas sociales. Pero hablando de temas humanos, como se habla en ellas, esto es casi imposible, y hay cartas que están ahí que rebotaron dos o tres veces contra la censura antes de poder abrirse camino hacia el mundo exterior. (…)”

Y no miente cuando dice que las cartas están impregnadas de posicionamientos políticos, pues sumado a otros elementos, están impregnadas de la forma en que miran el mundo aquellos que quieren transformarlo.

Habla de temas humanos, sí, como cuando habla con su hijo Ramiro sobre elección vocacional y uno siente que está hablando de Revolución:

“(…) Tal vez detrás de tanto esfuerzo por autoelaborarse no haya solamente un ’sueño de vida’ cualquiera, sino uno para ser más útil al grupo, en este caso la tribu. En realidad este fanático sacrificio por el grupo -que se siente casi instintivamente como una segunda piel- es tan natural que se encuentra hasta en los animales. Por ejemplo, un mono jibón, cuando su manada es perseguida por un enemigo superior, se rezaga y muere para entretenerlo mientras los otros buscan refugio. Los ejemplos de sacrificios humanos por la sociedad son bien conocidos (…)”

En sus cartas va desentrañando misterios de la vida y el universo, sin dejar de ser el padre curioso que dice: “(…) podés contarme si tenés novia y esas cosas si querés, mirá que sin mi consentimiento no hay casorio (…)“.

Las cartas de Sendic están llenas de ciencia -reflejo de un estudio dedicado-, poesías para sus hijos, anécdotas, consejos, besos, abrazos, posdatas, pero lo mejor de ellas, es ese cuestionaminto constate sobre las cosas, el deseo de saber y de hacer, repitiendo constantemente que un ‘no sé’ está más cerca de la verdad que una respuesta errónea. Sendic escribe con la ingenuidad con la que un niño se cuestiona acerca del universo sin la arrogancia del adulto que responde creyendo saberlo todo, compartiendo en cada epístola un amplio conocimiento de la sociedad y la naturaleza.

Leyendo las cartas de Sendic puede uno aprender muchas cosas, especialmente que la voluntad y la decisión de luchar se transforman, pero no envejecen.